No dormí aquella noche.
No porque tuviera miedo.
Tampoco porque estuviera emocionada.
No dormí porque había una frase que se repetía dentro de mi cabeza una y otra vez.
Tres horas.
Tres horas en las que Rosa había estado inconsciente.
Tres horas que no aparecían explicadas con claridad en ningún documento.
Tres horas que alguien había presenciado.
Tres horas que, según aquella carta, contenían algo que había permanecido oculto durante generaciones.
Y una sola inicial.
M.
Miré el reloj.
Las 3:17 de la madrugada.
La misma hora.
Otra vez.
No pude evitar recordarlo.
La primera noche junto a mi madre había mirado el reloj exactamente a esa hora.
Había pensado que era una casualidad.
Después había aparecido la historia.
Luego las cartas.
La medalla.
Sofía.
Gabriel.
Rosa.
Y ahora aquella inicial.
Me levanté de la silla y caminé hasta la ventana.
El hospital estaba casi completamente en silencio.
Las luces del pasillo permanecían encendidas.
De vez en cuando se escuchaban pasos.
Una puerta.
El sonido distante de un ascensor.
Una máquina que emitía un pitido.
La vida continuaba.
Incluso en los hospitales, la vida siempre continúa.
Alguien nacía.
Alguien esperaba.
Alguien recibía una noticia.
Alguien lloraba.
Alguien rezaba.
Y alguien, en alguna habitación, quizá estaba diciendo adiós.
Miré a mi madre.
Dormía.
Por primera vez en mucho tiempo no sentí la necesidad de pedir que se curara.
Solo quería que estuviera tranquila.
Entonces comprendí que había aprendido algo de Sofía.
El amor también podía consistir en no exigirle al futuro una respuesta inmediata.
A las seis de la mañana llamé a Lucía.
—Necesito que vengas.
—¿Ocurrió algo?
—Encontré una carta.
—¿Otra?
—Sí.
Hubo silencio.
—¿Qué dice?
—Habla de Rosa.
—¿La primera Rosa?
—Sí.
—¿La madre de Elena Valdés?
—Exactamente.
Lucía tardó unos segundos en responder.
—Voy para allá.
Dos horas después estábamos en una pequeña sala del hospital.
Sobre la mesa había extendido todo el material que teníamos.
La fotografía.
Las cartas.
La copia del diario.
La libreta del primer Gabriel.
La nota firmada con “M.”
Y la carta reciente.
Lucía la leyó varias veces.
—Hay algo que no me gusta.
—¿Qué?
—La frase.
—¿Cuál?
—“Pregunta a Rosa qué ocurrió durante las tres horas en las que estuvo clínicamente inconsciente.”
—Sí.
—Está escrita como si Rosa pudiera responderte.
Sentí un escalofrío.
—Eso pensé.
—Pero Rosa murió hace muchísimo tiempo.
—Lo sé.
—Entonces alguien que escribió esto sabe algo que nosotros no sabemos.
Asentí.
—O conoce un testimonio que todavía no encontramos.
Lucía volvió a mirar la inicial.
—¿Quién podría ser “M.”?
Comenzamos a hacer una lista.
María.
Miguel.
Mateo.
Marta.
Mercedes.
Magdalena.
Había demasiadas posibilidades.
Hasta que recordé algo.
—María R.
Lucía levantó la cabeza.
—¿La de la medalla?
—Sí.
—Pero ya dijimos que probablemente hubo varias personas con ese nombre.
—Exactamente.
—Entonces no tenemos nada.
—Tenemos una pista.
—¿Cuál?
Señalé una de las primeras cartas.
La que había aparecido en los documentos de Gabriel.
—Aquí dice que María R. no quería que su nombre apareciera.
Lucía leyó.
—“Las personas no deben recordar quién les dio esperanza, sino recordar que alguna vez alguien se quedó cuando todos los demás se fueron.”
—Sí.
—¿Y crees que esa María es la que firmó “M.”?
—No lo sé.
—Pero quieres averiguarlo.
—Sí.
Lucía sonrió ligeramente.
—Entonces ya sabemos qué vamos a hacer.
Regresamos a los archivos.
No fue sencillo.
Los documentos del siglo XIX estaban incompletos.
Algunos habían sido trasladados.
Otros habían desaparecido.
Muchos registros estaban escritos a mano y utilizaban abreviaturas que dificultaban su interpretación.
Pero después de varias horas encontramos algo.
Una anotación en un registro parroquial.
Rosa.
No aparecía su apellido.
Solo su nombre.
Debajo figuraba:
Enfermedad prolongada. Recuperación inesperada.
Y una observación:
“Atendida por I. y acompañada por M.”
Lucía señaló la página.
—I. es Isabel.
—Sí.
—Entonces M. estaba allí.
—Eso parece.
—Pero no sabemos quién era.
Pasé la página.
Había otra anotación.
Una fecha.
14 de marzo de 1876.
El día en que nació Elena Valdés.
La misma fecha que aparecía en la carta de Isabel.
Debajo había una frase:
“La madre recuerda tres horas.”
Me quedé inmóvil.
—¿Qué significa eso?
Lucía negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Pero confirma algo.
—¿Qué?
—Que Rosa habló de esas tres horas.
Encontramos un segundo documento.
Esta vez era una copia de una declaración.
No era médica.
Era personal.
La firma estaba deteriorada.
Pero podía leerse:
Rosa.
La declaración comenzaba:
No sé si lo que voy a contar ocurrió mientras estaba enferma, mientras dormía o mientras moría.
Sentí que se me erizaba la piel.
Continué.
Por eso no quiero que nadie lo llame milagro.
Aquella frase me hizo pensar inmediatamente en Gabriel.
Parecía formar parte de la misma filosofía.
La declaración continuaba: