Cuando la Fe Venció al Dolor

CAPÍTULO 17 LA MUJER QUE NO MURIÓ AQUELLA NOCHE

Durante varios minutos fui incapaz de moverme.

Tenía el papel entre los dedos.

Lo miraba.

Lo volvía a mirar.

Y cada vez que leía aquella última frase, sentía que una parte de la historia que había construido dentro de mi cabeza comenzaba a desmoronarse.

“Elena Ferrer no murió aquella noche.”

No.

No podía ser.

Había demasiados documentos.

Demasiadas cartas.

Demasiadas referencias.

Mi madre me había hablado de su hermana.

Gabriel Ferrer había escrito sobre ella.

Esteban había confirmado su muerte.

Incluso existía una fecha.

La misma noche en que yo había recuperado la movilidad.

La misma noche en que mi madre había comenzado a caminar.

La misma noche en que, según todos los relatos, Elena Ferrer había muerto.

Pero ahora alguien había escrito, décadas antes:

No murió aquella noche.

Sentí que me faltaba el aire.

Volví a leer la primera línea.

“Para Elena, cuando sea adulta.”

No decía “para Clara”.

No decía “para quien encuentre este documento”.

Decía mi nombre.

El mío.

No podía ser una casualidad.

Pero tampoco podía aceptar inmediatamente que significara lo que parecía significar.

Porque había aprendido algo durante aquellos días:

Los secretos más peligrosos no eran necesariamente los que ocultaban una verdad.

A veces eran los que contenían una verdad incompleta.

Corrí hasta la habitación de mi madre.

Ella estaba despierta.

Cuando me vio entrar, comprendió que algo había ocurrido.

—¿Qué pasó?

No respondí.

Le entregué el papel.

Mi madre lo tomó.

Leyó.

Una vez.

Después otra.

Su rostro perdió el color.

—¿Dónde encontraste esto?

—Dentro de la libreta de Gabriel.

Mi madre levantó la mirada.

—No.

—¿Qué?

—No puede estar allí.

—¿Por qué?

—Porque esa libreta la tuve yo.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo?

—Después de la muerte de Gabriel.

—¿Cuándo?

—En 1994.

—Entonces alguien pudo haberlo agregado después.

Mi madre negó lentamente.

—No.

—¿Cómo puedes estar segura?

—Porque yo misma revisé cada página.

Me acerqué.

—¿Y este papel?

Mi madre volvió a leerlo.

—Nunca lo vi.

—Entonces alguien lo puso después.

—Quizá.

Pero su voz no sonaba convencida.

—Mamá, necesito que me cuentes todo lo que recuerdas de aquella noche.

—Ya te lo conté.

—No.

Me arrodillé junto a su cama.

—Me contaste lo que ocurrió con tu enfermedad. Me contaste que empezaste a caminar. Me contaste que Gabriel estaba allí. Me contaste que Elena estaba enferma.

Tomé su mano.

—Pero nunca me contaste qué pasó después.

Mi madre cerró los ojos.

—Porque no podía.

—Ahora puedes.

Permaneció en silencio.

—Mamá.

Abrió los ojos.

—Está bien.

Respiró profundamente.

—Pero tienes que prometerme algo.

—¿Qué?

—No conviertas esto en una prueba de nada.

Sentí un nudo en la garganta.

—Te lo prometo.

—Ni de milagros.

—No.

—Ni de apariciones.

—No.

—Ni de que la fe pueda curar a alguien.

—No.

Mi madre me miró.

—Porque si haces eso, vas a repetir el mismo error que cometieron muchos antes que nosotros.

Asentí.

—Solo quiero saber la verdad.

—Entonces escucha.

Mi madre comenzó a hablar.

—Elena no murió aquella noche.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Entonces qué ocurrió?

—Estuvo muy grave.

—Eso ya lo sé.

—No.

Me miró fijamente.

—No sabes cuánto.

Mi madre recordó aquella noche lentamente.

Me contó que Elena llevaba semanas enferma.

Tenía fiebre.

Debilidad.

Dolor.

Dificultad para respirar.

No había un diagnóstico completamente claro.

Habían intentado distintos tratamientos.

Pero su estado empeoraba.

Gabriel estaba desesperado.

Y, al mismo tiempo, intentaba mantener la calma.

—¿Por qué nunca hablaron de que sobrevivió? —pregunté.

—Porque sobrevivió solamente durante unas horas.

Sentí un silencio dentro de mí.

—¿Qué quieres decir?

—Elena dejó de responder.

—¿Murió?

—No.

—¿Entonces?

—Entró en un estado de inconsciencia profunda.

Mi madre cerró los ojos.

—Gabriel creyó que estaba muriendo.

—¿Y luego?

—Después de que tú empezaste a caminar, Elena volvió a abrir los ojos.

Me quedé inmóvil.

—¿La misma noche?

—Sí.

—Entonces…

—Sí.

—¿Ella vivió después?

Mi madre negó lentamente.

—No durante mucho tiempo.

—¿Cuánto?

—Dos días.

Dos días.

Toda una vida podía caber dentro de dos días cuando alguien estaba a punto de morir.

—¿Y por qué todos dijeron que murió esa noche?

Mi madre bajó la mirada.

—Porque Gabriel pidió que no se contara.

—¿Por qué?

—Porque no quería que su recuperación momentánea se convirtiera en otra historia de milagros.

—Pero era su hermana.

—Precisamente.

Mi madre tomó aire.

—No quería que la gente pensara que la recuperación de Elena tenía relación con la tuya.

Sentí una presión en el pecho.

—¿Y no la tenía?

—No lo sabemos.

Aquellas palabras eran importantes.

No lo sabemos.

Una vez más.

La misma frase que había aparecido tantas veces en las notas de Gabriel.

La misma prudencia.

La misma honestidad.

No lo sabemos.

—¿Qué ocurrió durante esos dos días?

Mi madre se quedó mirando el techo.

—Elena pidió hablar contigo.

Me quedé helada.

—¿Conmigo?

—Sí.

—Pero yo era una niña.

—Lo sé.

—¿Por qué?

—Porque te había visto aquella noche.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.