Cuando la Fe Venció al Dolor

CAPÍTULO 19 LA HIJA DE SOFÍA

Durante mucho tiempo no pude apartar los ojos de aquella fotografía.

La mujer que aparecía en ella parecía tener más de ochenta años.

Cabello completamente blanco.

Rostro marcado por el tiempo.

Una expresión serena.

No sonreía.

Tampoco parecía triste.

Parecía alguien que llevaba demasiado tiempo esperando.

Pero lo que más me inquietaba eran sus ojos.

Había algo en ellos.

Algo que no podía explicar.

No porque fueran sobrenaturales.

Sino porque me resultaban familiares.

Como si hubiera visto aquella mirada antes.

En alguna fotografía.

En algún recuerdo.

En alguna persona de mi familia.

Volví a leer la frase del reverso:

“Si algún día Elena encuentra a la hija de Sofía, entonces finalmente estará lista para conocer por qué comenzó todo.”

La letra era la de Gabriel.

No tenía dudas.

Había aprendido a reconocerla.

Aquella inclinación ligeramente hacia la derecha.

Las letras estrechas.

Las palabras separadas con cuidado.

La manera en que la “E” parecía casi una pequeña cruz.

Era él.

Pero había algo que no entendía.

Gabriel había muerto hacía décadas.

¿Cómo podía haber dejado aquella frase pensando específicamente en mí?

La respuesta era sencilla.

No podía haberlo escrito para mí.

No exactamente.

Había escrito para una persona que algún día llevaría el nombre de Elena.

Una persona que quizá ni siquiera conocía.

Y esa posibilidad me produjo un escalofrío.

Porque significaba que la historia no había sido preparada para mí.

Yo simplemente había llegado hasta ella.

—Mamá —dije.

Ella no respondió.

Seguía mirando la fotografía.

—¿La conoces?

Mi madre tenía los ojos llenos de lágrimas.

—No.

—Pero dijiste que no era Sofía.

—Porque Sofía murió.

—Eso es lo que siempre hemos creído.

Mi madre me miró.

—Sí.

—¿Y si no murió?

—Entonces habría que cambiar muchas cosas.

—¿Y si Gabriel se equivocó?

—Gabriel podía equivocarse.

Aquella respuesta me sorprendió.

Mi madre sonrió débilmente.

—Era médico, no Dios.

Sentí una mezcla de tristeza y alivio.

Habíamos convertido a Gabriel en una especie de guardián de la verdad.

Pero él también había sido humano.

Podía equivocarse.

Podía interpretar mal.

Podía no saber.

Podía creer que alguien había muerto cuando todavía existía una parte de aquella persona viva en otra generación.

—Tenemos que encontrarla —dije.

Mi madre cerró los ojos.

—Sí.

—¿Sabes dónde está?

—No.

—¿Entonces cómo la encontraremos?

Mi madre señaló la fotografía.

—Ella quiere que la encontremos.

La mujer había dejado una dirección.

No estaba escrita en el sobre.

Estaba escondida en el reverso de la fotografía.

Una serie de números.

Al principio pensé que era una fecha.

Pero Lucía descubrió que correspondían a una antigua dirección.

Un barrio que había cambiado de nombre.

Una calle que ya no existía con aquella denominación.

Un edificio que había sido demolido.

Pero el terreno seguía allí.

Fuimos al día siguiente.

Era una zona tranquila.

Había árboles viejos.

Casas bajas.

Una plaza pequeña.

Un almacén.

Una iglesia.

Y un antiguo edificio que había sido convertido en residencia para personas mayores.

Entramos.

Preguntamos por la mujer.

La recepcionista nos miró con extrañeza.

—¿Cómo se llama?

—No lo sabemos.

—¿Apellido?

—Tampoco.

Le mostramos la fotografía.

La mujer observó el rostro.

Después abrió mucho los ojos.

—Ah.

Sentí un escalofrío.

—¿La conoce?

—Sí.

—¿Dónde está?

—No vive aquí.

—¿Entonces?

—Viene algunas veces.

—¿Cuándo?

La recepcionista miró el reloj.

—Los jueves.

—¿Hoy es jueves?

Asintió.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿A qué hora viene?

—Por la tarde.

—¿A qué hora?

—No tiene una hora fija.

Esperar era una de las cosas más difíciles que había aprendido durante aquella investigación.

Había pasado años intentando controlar mi vida.

Ahora parecía que todo dependía de esperar.

Nos sentamos.

Una hora.

Dos.

Tres.

Hasta que finalmente la puerta se abrió.

Una mujer entró.

Era ella.

La mujer de la fotografía.

Caminaba lentamente.

Llevaba una bolsa pequeña.

Al verla, tuve una certeza inexplicable.

No era Sofía.

Pero pertenecía a su historia.

Se detuvo al verme.

No pareció sorprendida.

Solo cansada.

—Elena.

Mi corazón se detuvo.

—Sí.

La mujer sonrió.

—Entonces finalmente llegaste.

Nos sentamos en una pequeña sala.

La mujer dejó su bolsa sobre la mesa.

—Me llamo Ana.

—¿Ana qué?

Ella sonrió.

—Ana Ferrer.

Sentí un escalofrío.

—¿Ferrer?

—Sí.

—¿Usted es hija de Sofía?

—Sí.

La miré.

—Pero Sofía murió en 1874.

Ana no respondió inmediatamente.

—Eso es lo que dice la historia.

—¿Y usted qué dice?

—Que mi madre sobrevivió.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Cómo?

Ana suspiró.

—No sobrevivió como tú imaginas.

—Explíqueme.

—Después de aquella noche, Gabriel creyó que había muerto.

—Entonces…

—No murió inmediatamente.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé.

—¿Usted lo sabe?

—Sé lo que me contaron.

—¿Quién?

—Mi madre.

Me incliné hacia ella.

—¿Sofía le contó su propia historia?

Ana asintió.

—Durante muchos años.

—¿Y dónde estaba?

—Lejos.

—¿Por qué?

—Porque Isabel tenía miedo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.