Cuando la Fe Venció al Dolor

CAPÍTULO 20 LA MUJER QUE LLEVABA CIEN AÑOS ESPERANDO

Durante toda la noche pensé en Teresa.

No en la Teresa que había conocido.

No solamente.

Pensaba en la mujer que había visto sentada en aquella habitación, con sus manos temblorosas y sus ojos todavía llenos de una claridad que no correspondía a su edad.

Pensaba en la forma en que me había mirado.

Como si supiera quién era.

Como si hubiera estado esperando exactamente mi llegada.

En aquel momento había pensado que era una anciana que conocía una vieja historia.

Ahora sabía que era mucho más.

Teresa había mencionado mi nombre antes de que yo se lo dijera.

Había sabido de la llave.

Había sabido que yo encontraría el diario.

Había sabido que mi madre ocultaba una parte de la historia.

Y había utilizado una frase que ahora parecía adquirir otro significado:

“Busca la verdad, no un milagro.”

Entonces no había entendido.

Ahora comenzaba a sospechar que Teresa no me había dado una pista.

Me había dejado una responsabilidad.

A las siete de la mañana le dije a Lucía que teníamos que volver.

—¿A la residencia?

—Sí.

—¿A la habitación 17?

—Sí.

—Pero Teresa…

—Lo sé.

Lucía me miró.

—Teresa murió.

—Eso dice el registro.

Ella permaneció en silencio.

—Después de todo lo que hemos encontrado —continué—, ya no puedo dar por cierto algo solamente porque esté escrito en un documento.

—¿Y qué vas a hacer si la habitación está vacía?

—Buscar.

—¿Qué?

—La razón por la que estuvo allí.

Lucía suspiró.

—Ya sabía que ibas a decir eso.

Sonreí.

—¿Vienes?

—Claro.

La residencia parecía diferente cuando regresamos.

Quizá era porque ahora conocíamos demasiadas cosas.

O quizá porque una vez que una persona empieza a mirar una historia de determinada manera, los mismos lugares parecen cambiar.

La recepción estaba vacía.

Una mujer mayor nos atendió.

—Venimos por Teresa Valdés.

La mujer revisó unos papeles.

—¿Teresa?

—Sí.

—¿Qué habitación?

—La 17.

La recepcionista levantó la mirada.

—Esa habitación está cerrada.

Sentí un escalofrío.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace años.

—No puede ser.

—¿Por qué?

—Yo estuve allí.

—¿Cuándo?

Le dije la fecha.

La mujer frunció el ceño.

—Eso no es posible.

—¿Por qué?

—Porque la habitación 17 dejó de utilizarse hace mucho tiempo.

—Pero yo hablé con Teresa.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Cómo era?

Describí a la mujer.

La recepcionista permaneció inmóvil.

Después llamó a otra empleada.

—¿Conoces a Teresa Valdés?

La otra mujer negó con la cabeza.

—No.

—¿Nunca?

—No.

Sentí un vacío.

Lucía me tomó del brazo.

—¿Qué está pasando?

No lo sabía.

Pero entonces la recepcionista dijo algo:

—Aunque…

—¿Aunque qué?

—Mi abuela trabajó aquí.

—¿Y?

—Ella hablaba de una mujer llamada Teresa.

—¿En la habitación 17?

—Sí.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Qué decía?

—Que esa habitación había pertenecido a una mujer que esperaba a alguien.

—¿A quién?

La mujer negó.

—Nunca lo supo.

Nos permitió consultar un viejo archivo.

No estaba digitalizado.

Había carpetas.

Cientos.

Encontramos una referencia:

Habitación 17 — Teresa Valdés.

Pero la ficha era extraña.

No tenía fecha de ingreso.

No tenía fecha de salida.

No tenía certificado de defunción.

Solo una anotación:

“Permanece bajo cuidado familiar.”

—¿Qué significa eso? —preguntó Lucía.

—No lo sé.

Debajo había una firma.

La reconocí.

Gabriel Ferrer.

Sentí un escalofrío.

—Gabriel conocía a Teresa.

—Eso parece.

Encontramos otra hoja.

Era una nota de 1987.

Teresa no debe ser trasladada.

Ella sabe por qué.

No había explicación.

Otra hoja.

  1. 1994.

Gabriel falleció.

Y debajo:

Teresa continúa esperando.

Me quedé inmóvil.

—¿Esperando qué?

Lucía negó con la cabeza.

Pero había una última anotación.

“Cuando llegue Elena, abrir la habitación.”

Sentí que el corazón me golpeaba.

Mi nombre.

Otra vez.

—¿Cuándo fue escrita?

La fecha era ilegible.

Pero el papel parecía mucho más antiguo.

—¿Quién la escribió?

No había firma.

Solo una inicial.

T.

Teresa.

La encargada nos acompañó hasta la puerta.

Era una puerta antigua.

No tenía número.

Solo una pequeña placa:

17.

La mujer buscó una llave.

—No tenemos autorización para abrirla.

—¿Por qué?

—Porque está clausurada.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé.

—¿Quién tiene la autorización?

—La dirección.

Llamó.

Esperamos.

Finalmente llegó un hombre mayor.

—¿Qué buscan?

Le expliqué.

Él escuchó.

Después miró la puerta.

—Hace décadas que nadie entra.

—Yo entré.

Me miró con extrañeza.

—¿Cuándo?

Le dije.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

El hombre suspiró.

Sacó un manojo de llaves.

—Mi padre decía que esta habitación debía permanecer cerrada hasta que alguien preguntara por Teresa.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Y usted nunca preguntó?

—De niño sí.

—¿Qué le dijeron?

—Que no era asunto mío.

La llave giró.

La puerta se abrió.

La habitación estaba exactamente como la recordaba.

O casi.

La cama.

La silla.

La mesa.

La ventana.

Pero había algo diferente.

Sobre la pared había una fotografía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.