Cuando la Fe Venció al Dolor

Capítulo 21 — La mujer que esperó tres días

Cuando salí de la habitación 17, llevaba la sensación de haber envejecido varios años en apenas unas horas.

No sabía explicar por qué.

Quizá era porque acababa de descubrir demasiadas vidas escondidas detrás de nombres que, hasta hacía poco, no significaban nada para mí.

Elena Valdés.

Rosa.

Isabel.

Sofía.

Gabriel.

María.

Mi propia madre.

Mi padre.

Y ahora Marta.

Una mujer cuyo nombre aparecía en un registro antiguo acompañado de una sola palabra:

Esperó.

Nada más.

No decía a quién.

No decía por qué.

No decía durante cuánto tiempo.

No decía qué esperaba.

Solo:

Marta. Fallecida tres días después de Sofía. Esperó.

Me quedé mirando aquella frase mientras sentía que algo dentro de mí se resistía a seguir avanzando.

—Elena.

La voz de Lucía me hizo levantar la cabeza.

—¿Sí?

—Estás pálida.

Sonreí débilmente.

—Creo que hace tiempo dejé de saber qué significa estar pálida.

Lucía no sonrió.

Ella también estaba cansada.

Habíamos pasado demasiadas horas revisando documentos, fotografías, cartas y diarios que parecían haber estado aguardando durante generaciones a que alguien los encontrara.

—Tenemos que parar un poco —me dijo.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No.

Lucía respiró profundamente.

—¿Por qué?

Miré hacia la puerta cerrada de la habitación 17.

—Porque alguien dejó una palabra ahí dentro hace más de cien años.

—¿Marta?

Asentí.

—Marta.

—Y quieres saber quién era.

—Necesito saberlo.

Lucía se acercó.

—¿Por qué?

No respondí inmediatamente.

Porque la verdad era que no sabía.

O quizá sí.

Pero me daba miedo decirlo en voz alta.

Desde que había encontrado aquella primera carta de Isabel, desde que había descubierto la historia de mi madre, desde que había sabido que algunas personas habían pasado sus vidas enteras intentando comprender acontecimientos que nunca pudieron explicar completamente, algo había cambiado dentro de mí.

Ya no buscaba solamente saber qué había sucedido.

Buscaba entender por qué tantas personas habían decidido guardar silencio.

Y, sobre todo, por qué habían dejado las pistas precisamente para mí.

—Porque Marta murió esperando —dije finalmente—. Y alguien quiso que yo supiera eso.

Lucía bajó la mirada.

—Puede que simplemente sea una anotación.

—Puede.

—Puede que no tenga ninguna relación con todo esto.

—También puede.

—Entonces tenemos que aceptar esa posibilidad.

La miré.

—¿Y si no?

Lucía tardó unos segundos en responder.

—Entonces tendremos que descubrirlo.

Aquella frase me tranquilizó.

No porque hubiera resuelto nada.

Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, sentí que no estaba caminando sola.

Volvimos al archivo al día siguiente.

Habíamos dormido poco.

Yo había pasado la noche en casa mirando el techo.

Mi madre había llamado dos veces.

La primera para preguntarme dónde estaba.

La segunda para preguntarme si había comido.

No me preguntó qué había encontrado.

Eso me llamó la atención.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿Conoces a alguien llamada Marta?

Hubo un silencio.

No fue un silencio normal.

Fue de esos silencios que parecen tener memoria.

—¿Marta quién?

—No lo sé.

—Entonces no puedo saber.

—Aparece en uno de los documentos.

Mi madre respiró lentamente.

—¿Qué documento?

Le conté lo poco que sabíamos.

Una mujer.

Una muerte tres días después de Sofía.

Una palabra escrita junto a su nombre.

Esperó.

Mi madre no respondió.

—Mamá.

—Estoy aquí.

—¿Conoces ese nombre?

—No.

La respuesta fue demasiado rápida.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Mamá…

—Elena.

Su tono cambió.

—Hay cosas que es mejor no buscar cuando una está demasiado cansada.

—¿Por qué?

—Porque a veces una encuentra respuestas para preguntas que nunca debió hacerse.

—Eso mismo me dijo papá en su carta.

Silencio.

Esta vez fue más largo.

—¿Qué dijo exactamente?

—Que las historias de dolor suelen repetirse hasta que alguien decide romper el ciclo.

Mi madre soltó un suspiro.

—Tu padre siempre quiso protegerte.

—¿De qué?

—De nuestra historia.

—Pero nuestra historia también es mía.

—No.

La respuesta fue firme.

—Tu historia es la que tú decidas vivir.

Aquella frase me quedó resonando.

—Entonces dime la verdad.

—Ya te he dicho demasiadas cosas.

—No, mamá. Me has dicho las cosas que estabas preparada para contarme.

—¿Y no es suficiente?

Miré por la ventana.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ahora sé que toda mi vida estuvo rodeada de personas que sufrieron y que intentaron protegerse unas a otras escondiendo la verdad.

Mi madre permaneció callada.

—Y no quiero seguir viviendo dentro de una historia escrita por el miedo.

La escuché llorar.

Muy despacio.

—Mamá.

—Estoy bien.

—No estás bien.

—No.

Reconocí su voz quebrada.

—No estoy bien.

Me senté en el borde de la cama.

—¿Qué sabes de Marta?

Mi madre tardó mucho en contestar.

Cuando finalmente lo hizo, habló en voz muy baja.

—No sé quién era.

—Pero…

—Sé quién podría haber sido.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—¿Quién?

—Una mujer que estuvo cerca de Sofía.

—¿La conociste?

—No.

—Entonces, ¿cómo sabes eso?

—Porque Gabriel escribió algo sobre ella.

—¿Dónde?

—En una carta que yo nunca llegué a leer completa.

—¿La tienes?

Silencio.

—Mamá.

—No sé dónde está.




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