Cuando la Fe Venció al Dolor

Capítulo 22 — La estación donde los nombres desaparecían

Hay noches en las que uno sabe que debería dormir, pero el sueño se convierte en una especie de frontera que no se atreve a cruzar.

Aquella noche fue así.

Después de ver a aquella mujer al otro lado de la calle, después de leer las palabras escritas en mi ventana y después de escuchar a Lucía decirme que una declaración firmada por Marta estaba fechada en 1979, comprendí que dormir era imposible.

Me senté junto a la ventana.

Apagué todas las luces de la casa.

No quería volver a mirar hacia afuera.

Pero tampoco podía dejar de hacerlo.

La oscuridad tenía algo diferente.

No era una amenaza.

Era una espera.

Y yo ya estaba demasiado acostumbrada a esa palabra.

Esperar.

Marta había esperado.

Teresa había esperado.

Gabriel había esperado.

Mi madre había esperado.

Incluso yo había pasado buena parte de mi vida esperando algo sin saber exactamente qué.

Una llamada.

Una respuesta.

Una explicación.

Una mejoría.

Un día en que el dolor dejara de ocupar tanto espacio.

Quizá eso era lo que aquellas personas tenían en común.

No habían vivido solamente sus enfermedades, sus pérdidas o sus incertidumbres.

Habían vivido esperando.

Esperando que algo cambiara.

Y quizá el verdadero peligro de esperar demasiado tiempo era olvidar que la vida seguía ocurriendo mientras uno esperaba.

Miré la fotografía nuevamente.

La mujer anciana seguía mirándome desde el papel.

No sabía quién era.

Pero había algo en sus ojos que me resultaba extrañamente familiar.

No su rostro.

Su tristeza.

Aquella tristeza serena de quien ha aprendido a convivir con algo que nunca pudo resolver.

Tomé el teléfono.

Eran las dos y diecisiete de la madrugada.

Llamé a Lucía.

Esta vez contestó.

—¿Sí?

—¿Sigues en el archivo?

—Sí.

—¿Sola?

—Sí.

—No me gusta eso.

Escuché una pequeña risa.

—A mí tampoco.

—¿Encontraste algo más?

—Estoy revisando el documento.

—¿La declaración de Marta?

—Sí.

—¿Qué dice exactamente?

Silencio.

—Lucía.

—Hay algo extraño.

—¿Qué?

—No estoy segura de que la firma sea de Marta.

Me incorporé.

—¿Cómo que no?

—La tinta parece distinta.

—¿Y eso qué significa?

—Que quizá alguien agregó la firma muchos años después.

Sentí que el misterio se hacía todavía más grande.

—¿Quién podría haberlo hecho?

—No lo sé.

—¿Y la fecha?

—También podría haber sido modificada.

—Entonces quizá no es una declaración de 1979.

—Exacto.

Me quedé callada.

—Pero hay algo que sí parece original.

—¿Qué?

—La frase.

—¿Cuál?

Lucía la repitió:

—“Si alguna vez llega una mujer llamada Elena, díganle que no fue elegida para sanar a nadie.”

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Por qué alguien escribiría eso?

—No lo sé.

—¿Y por qué específicamente una mujer llamada Elena?

—Eso es lo que intento averiguar.

Me levanté.

—Voy para allá.

—No.

—Lucía…

—Elena, son más de las dos de la mañana.

—No importa.

—Sí importa.

—No puedo quedarme aquí.

—¿Por qué?

Miré la fotografía.

—Porque alguien acaba de decirme que me estaba esperando.

Lucía guardó silencio.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Entonces no vayas sola.

—No estoy sola. Voy contigo.

Escuché cómo suspiraba.

—Está bien.

La estación quedaba a unos cuarenta minutos.

Durante el trayecto casi no hablamos.

Las calles estaban prácticamente vacías.

De vez en cuando aparecía algún automóvil.

Las luces amarillentas de los postes atravesaban el parabrisas y desaparecían rápidamente detrás de nosotros.

Yo llevaba la fotografía en el asiento de al lado.

No sé por qué.

Quizá necesitaba verla.

Quizá necesitaba recordarme que todo aquello era real.

O al menos que había algo físico que podía tocar.

La estación había dejado de funcionar décadas atrás.

Según los documentos que habíamos encontrado, había sido inaugurada cuando el ferrocarril todavía conectaba pequeñas localidades que después fueron quedando aisladas.

La última formación había pasado por allí muchos años antes.

Desde entonces, el lugar había quedado abandonado.

Cuando llegamos, no había iluminación.

Solo la luna.

Bajamos del automóvil.

El silencio era enorme.

—¿Seguro que es aquí? —preguntó Lucía.

Le mostré la dirección.

—Sí.

Caminamos hacia el edificio.

La puerta principal estaba cerrada.

Pero una de las ventanas tenía el vidrio roto.

Entramos por allí.

El interior olía a polvo, madera vieja y humedad.

Había bancos.

Un antiguo mostrador.

Un reloj detenido.

Y un cartel oxidado que todavía podía leerse:

SALA DE ESPERA.

Me quedé mirándolo.

—Qué ironía —dijo Lucía.

No respondí.

Porque ya no me parecía una ironía.

Parecía una señal.

Avanzamos lentamente.

Encontramos una oficina.

Dentro había archivadores.

La mayoría estaban vacíos.

Pero uno conservaba documentos antiguos.

Lucía comenzó a revisarlos.

Yo miré las paredes.

Había nombres escritos.

Iniciales.

Fechas.

Algunas personas habían dejado mensajes allí.

Quizá pasajeros.

Quizá trabajadores.

Quizá niños.

En una pared encontré algo que me hizo detenerme.

Había una frase grabada en la madera.

“Nadie desaparece mientras alguien recuerde su nombre.”

Pasé los dedos sobre las letras.

—Elena.

La voz de Lucía llegó desde la otra habitación.

—Ven.

Corrí hacia ella.

Tenía una carpeta en las manos.




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