Cuando la Fe Venció al Dolor

Capítulo 23 — La verdad que mi madre había protegido

Nunca había conducido tan rápido hacia la habitación 17.

No porque quisiera llegar.

Sino porque, por primera vez desde que había comenzado aquella historia, tenía miedo de lo que podía encontrar cuando llegara.

Hasta entonces había perseguido respuestas.

Había abierto cajas.

Había leído cartas.

Había entrado en habitaciones cerradas.

Había seguido nombres de personas muertas hacía décadas.

Había descubierto que algunas personas a las que todos habían dado por muertas habían continuado viviendo.

Había aprendido que una enfermedad podía mejorar sin que nadie supiera exactamente por qué.

Había aprendido que una oración podía sostener a una persona sin necesariamente cambiar el curso de una enfermedad.

Había aprendido que la fe no era una garantía.

Pero aquella noche era diferente.

Porque ahora la historia había dejado de hablarme desde el pasado.

Ahora estaba tocando a mi madre.

Y eso era otra cosa.

Porque una cosa es descubrir un secreto familiar.

Otra muy distinta es descubrir que la persona que más amas ha vivido durante décadas protegiéndote de él.

—Más despacio —dijo Lucía.

—No puedo.

—Elena.

—Mi madre está allí.

—No sabes si realmente está.

—El mensaje decía que sí.

—Precisamente por eso.

La miré un instante.

—¿Crees que es una trampa?

—No lo sé.

—¿Crees que alguien quiere hacernos daño?

—Tampoco lo sé.

—Entonces ¿qué hacemos?

Lucía miró hacia la carretera.

—Llegamos juntas. Y antes de entrar, pensamos.

Sonreí débilmente.

—Tú siempre consigues que parezca fácil.

—No.

—¿No?

—Solo intento que no tomes decisiones desde el miedo.

Aquella frase me hizo recordar la voz de mi padre.

No tomes decisiones desde el miedo.

Quizá toda aquella familia había pasado generaciones enteras intentando hacer precisamente lo contrario.

Y, sin embargo, había terminado construyendo una historia llena de secretos.

Cuando llegamos a la residencia, todo estaba oscuro.

La puerta principal estaba cerrada.

No había nadie en recepción.

El pasillo parecía más largo que la primera vez.

Lucía encendió la linterna del teléfono.

Caminamos en silencio.

Habitación 17.

El número apareció al final del corredor.

La puerta estaba entreabierta.

Me detuve.

—¿Entramos? —preguntó Lucía.

No respondí.

Había algo dentro de mí que gritaba que no lo hiciera.

Pero había otra voz.

Una voz mucho más tranquila.

La de mi madre.

La de mi padre.

La de Gabriel.

La de tantas personas que habían repetido una misma idea:

No tengas miedo.

Empujé la puerta.

—¿Mamá?

No hubo respuesta.

Entramos.

La habitación estaba vacía.

La cama permanecía tendida.

Sobre la mesa había una taza.

Todavía tenía líquido dentro.

Me acerqué.

La toqué.

Estaba tibia.

Sentí un escalofrío.

—Estuvo aquí hace poco.

Lucía miró alrededor.

—Sí.

Sobre la mesa había un papel.

Lo tomé.

Solo decía:

“Llegaste tarde.”

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué significa?

Lucía tomó el papel.

—No lo sé.

—Mi madre estuvo aquí.

—Sí.

—Entonces alguien se la llevó.

—O salió por su cuenta.

—¿Por qué dejaría esta nota?

—Quizá no la dejó ella.

Miré nuevamente la habitación.

Todo parecía exactamente igual.

Excepto un pequeño detalle.

La fotografía que Teresa me había entregado estaba sobre la cama.

La de Elena Valdés.

La levanté.

En el reverso había aparecido una frase que no estaba antes.

“Ahora pregúntale a tu madre por la noche del 14 de marzo.”

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Qué pasó el 14 de marzo?

Lucía me miró.

—¿De qué año?

—No lo dice.

Entonces recordé.

El 14 de marzo de 1876.

El día del nacimiento de Elena Valdés.

La carta de Isabel.

La primera fecha importante.

Pero mi madre había nacido mucho después.

Así que no podía tratarse solamente de ella.

—¿Qué ocurrió el 14 de marzo de 1979? —preguntó Lucía.

No tenía respuesta.

Tomé el teléfono.

Llamé a mi madre.

Esta vez contestó.

—Elena.

Su voz sonaba cansada.

—¿Dónde estás?

Silencio.

—Mamá.

—Estoy bien.

—¿Dónde estás?

—No vengas.

—Estoy en la habitación 17.

Mi madre dejó escapar un suspiro.

—Lo sé.

—¿Dónde estás?

—En casa.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Estoy en casa.

—Pero alguien me dijo que estabas aquí.

—No.

—Mamá…

—Elena, escucha.

Su voz cambió.

—No confíes en todo lo que encuentres.

—¿Por qué?

—Porque algunas cosas fueron escritas para que alguien las encontrara.

—¿Y eso qué significa?

—Que no todas las pistas conducen a la verdad.

Miré a Lucía.

—¿Sabes quién me está escribiendo?

—Sí.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Quién?

—Gabriel.

—¿Gabriel Ferrer IV?

—Sí.

—¿Lo conoces?

Mi madre guardó silencio.

—Mamá.

—Lo conocí hace muchos años.

—¿Cuándo?

—En 2008.

Sentí que el aire desaparecía.

La fotografía.

La fecha.

El cuarto Gabriel.

—¿Qué ocurrió en 2008?

Mi madre tardó en responder.

—La última vez que vi a Gabriel.

—¿Dónde?

—Aquí.

—¿En la habitación 17?

—Sí.

Miré a mi alrededor.

La habitación parecía de repente diferente.

Como si las paredes hubieran comenzado a hablar.

—¿Qué te dijo?

Mi madre lloró.

—Que la historia estaba llegando a ti.

—¿Qué historia?

—La nuestra.

Mi madre me pidió que regresara a casa.




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