Cuando la Fe Venció al Dolor

Capítulo 27 — La niña que Gabriel no pudo salvar

Hay una diferencia entre saber que alguien murió y saber que alguien murió delante de la persona que hizo todo lo posible por impedirlo.

Durante mucho tiempo pensé que el dolor más grande de una historia era la muerte.

Ahora sabía que no siempre era así.

A veces el dolor más profundo era recordar.

Recordar una voz.

Una mirada.

Una mano pequeña.

Una habitación.

Un último suspiro.

Y, sobre todo, recordar la sensación de haber hecho todo lo que uno podía hacer y descubrir, aun así, que no había sido suficiente.

Gabriel Ferrer había llamado a aquella historia:

su primer fracaso.

No su primer paciente.

No su primera enfermedad.

No su primer caso.

Su primer fracaso.

Y esas dos palabras me acompañaron durante todo el trayecto.

Yo iba sentada junto a Lucía.

Gabriel Ferrer IV conducía.

El camino se extendía entre campos silenciosos.

Nadie hablaba demasiado.

Cada uno parecía estar pensando en algo distinto.

Yo pensaba en mi padre.

En Marta.

En Sofía.

En Ana.

En la niña sin nombre.

Y en una pregunta que no podía quitarme de la cabeza:

¿Quién había sido aquella niña?

Después de casi una hora, Gabriel detuvo el automóvil.

—Llegamos.

Miré por la ventana.

No había nada extraordinario.

Una casa vieja.

Un terreno amplio.

Un árbol seco.

Una pequeña construcción al fondo.

No parecía un lugar donde hubiera comenzado una historia capaz de atravesar generaciones.

Pero quizá las historias más importantes nunca comienzan en lugares importantes.

Comienzan en habitaciones pequeñas.

En cocinas.

En hospitales.

En casas humildes.

En bancos de iglesia.

En camas donde alguien sostiene la mano de otro.

Bajamos.

Gabriel permaneció unos segundos mirando la casa.

—Mi bisabuelo venía aquí.

—¿Gabriel?

—El primero.

—¿Con quién?

—Con una familia.

—¿La niña?

Asintió.

—Ella vivía aquí.

Me acerqué a la casa.

La puerta estaba cerrada.

Gabriel sacó una llave.

—¿Todavía funciona?

—Mi familia la conservó durante generaciones.

La puerta se abrió.

El interior estaba oscuro.

Entramos.

Había muebles cubiertos con telas.

Una mesa.

Una chimenea.

Un pequeño dormitorio.

Y una cama.

Una cama infantil.

Me detuve.

No sabía por qué.

Pero sentí una tristeza inmediata.

Quizá porque comprendí que alguna vez una niña había dormido allí.

Había tenido miedo.

Había pedido agua.

Había llamado a su madre.

Había esperado que el dolor terminara.

Y alguien había intentado salvarla.

Gabriel caminó hasta una estantería.

Sacó un cuaderno.

—Este es el original.

Me acerqué.

La cubierta estaba completamente deteriorada.

En la primera página había una fecha:

1872.

Debajo:

Gabriel Ferrer.

Y una frase:

“Hoy aprendí que un médico puede equivocarse aunque haga todo correctamente.”

Sentí un escalofrío.

—¿Quién era ella?

Gabriel abrió el cuaderno.

—Se llamaba Luciana.

Lucía levantó la cabeza.

—¿Luciana?

Gabriel asintió.

—Tenía siete años.

Mi corazón se encogió.

Otra niña.

Otra enfermedad.

Otra familia.

Otra historia que había comenzado con fiebre y debilidad.

—¿Qué tenía?

Gabriel pasó varias páginas.

—Eso es precisamente lo que nunca pudieron determinar.

—¿Cómo?

—Fiebre intermitente. Debilidad muscular. Dolor en las articulaciones. Pérdida progresiva de fuerza. Episodios de dificultad respiratoria.

—¿Y los médicos?

—No tenían un diagnóstico claro.

—¿Y Gabriel?

—Hizo todo lo que podía hacer con la medicina de su época.

Me quedé mirando las páginas.

Había anotaciones.

Temperatura.

Pulso.

Alimentación.

Horas de sueño.

Medicamentos.

Síntomas.

Todo registrado con una precisión extraordinaria.

—La observaba constantemente.

—Sí.

—¿Por qué?

Gabriel me miró.

—Porque era su primera paciente que no podía explicar.

No dije nada.

Él continuó:

—Hasta entonces, mi antepasado creía que si observaba lo suficiente, estudiaba lo suficiente y trabajaba lo suficiente, encontraría una respuesta.

—¿Y Luciana?

—No respondió como él esperaba.

Leí una anotación.

“Hoy caminó tres pasos.”

Levanté la mirada.

—¿Se recuperó?

Gabriel negó.

—Todavía no.

Pasé la página.

“Hoy volvió a caminar.”

Otra.

“Hoy volvió a caer.”

Otra.

“Hoy pidió salir al patio.”

Otra.

“Hoy volvió a reír.”

Me quedé inmóvil.

Aquellas pequeñas anotaciones eran más humanas que cualquier diagnóstico.

Gabriel no había registrado solamente síntomas.

Había registrado vida.

Una niña que caminaba.

Una niña que caía.

Una niña que quería salir.

Una niña que reía.

Y luego encontré una anotación diferente.

“Hoy preguntó si va a morir.”

Me dolió leerla.

Debajo:

“Le dije que no lo sabía.”

Pasé la página.

“Me preguntó si los médicos tienen miedo.”

Y Gabriel había escrito:

“Sí.”

Otra página.

“Me preguntó si Dios tiene miedo.”

La respuesta:

“No lo sé.”

Me quedé mirando aquella frase.

—Era muy honesto.

Gabriel asintió.

—Demasiado para la época.

—¿Por qué?

—Porque muchos médicos sentían que debían tener respuestas.




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