Durante varios minutos nadie dijo nada.
Ni siquiera Lucía.
La carta de Sofía permanecía abierta sobre la mesa, entre las fotografías, los documentos amarillentos y aquella medalla que había pasado por tantas manos que ya parecía haber absorbido algo de cada una de ellas.
Yo seguía mirando la última frase.
«La segunda persona que todos creyeron muerta en 1874 había vivido durante décadas con un nombre que yo conocía demasiado bien.»
No era una frase cualquiera.
Era una puerta.
Y yo había aprendido, después de todo lo ocurrido, que algunas puertas no se abrían empujándolas.
Había que esperar.
Esperar.
Otra vez esa palabra.
La palabra de Marta.
La palabra de Sofía.
La palabra que aparecía una y otra vez en los cuadernos de Gabriel.
Esperar.
Pero aquella vez no quería esperar.
Quería saber.
—¿Qué nombre conoces demasiado bien? —preguntó Lucía finalmente.
Levanté los ojos.
—No lo sé.
Gabriel Ferrer IV seguía de pie junto a la ventana. Tenía los brazos cruzados y observaba el patio de la antigua casa de Elena Valdés.
—Sí lo sabes —dijo.
Su voz fue tranquila.
No insistente.
Como si no estuviera intentando descubrir algo conmigo, sino esperando que yo misma tuviera el valor de decirlo.
—No —respondí—. Lo que sé es que hay un nombre que aparece constantemente en mi familia.
—¿Cuál?
Miré la medalla.
Después la carta.
Después a Gabriel.
—Elena.
Lucía respiró lentamente.
—Pero tú te llamas Elena.
—Exactamente.
Gabriel no respondió.
Me levanté de la silla.
Sentía una extraña presión en el pecho, aunque no era miedo.
Era algo más difícil de explicar.
La sensación de estar acercándome a una verdad que había sido escondida durante tanto tiempo que quizá ya no sabía cómo recibirla.
Caminé hasta la ventana.
El jardín estaba cubierto de hojas secas.
El mismo lugar donde, según las cartas, Sofía había pasado algunas temporadas después de sobrevivir a aquella noche de 1874.
Me pregunté cómo habría sido verla.
Una mujer que había vivido tantos años creyendo que su propia existencia había sido comprada con la muerte de otra niña.
Una mujer que había llevado dentro de sí una pregunta imposible:
¿Por qué yo sobreviví y ella no?
Quizá esa era la pregunta que había acompañado a Sofía durante toda su vida.
Y de repente comprendí algo.
Tal vez por eso había escrito:
«El lugar donde aprendí a perdonarme por estar viva.»
No había escrito:
el lugar donde descubrí que era un milagro.
No había escrito:
el lugar donde Dios me salvó.
Había escrito:
perdonarme.
Aquella palabra me atravesó.
Porque perdonarse por estar vivo era algo que no aparecía en ninguna historia de milagros que yo hubiera leído.
Era demasiado humano.
Demasiado doloroso.
Demasiado real.
—Tenemos que buscar en esta casa —dije.
Lucía se levantó.
—¿Ahora?
—Ahora.
Gabriel miró el reloj.
—No sabemos qué estamos buscando.
—Tampoco sabíamos qué buscábamos cuando encontramos la primera carta.
—Y terminamos encontrando una niña enterrada con otro nombre —respondió él.
Lo miré.
—Entonces quizá aquí encontremos a la persona que todos creyeron muerta.
Gabriel se quedó callado.
Y fue entonces cuando entendí que él también estaba pensando lo mismo.
Había algo más.
Algo que todavía no nos habían contado.
La casa de Elena Valdés parecía más pequeña de lo que había imaginado.
Tal vez porque las historias que contenía eran demasiado grandes.
Recorrimos el pasillo lentamente.
Las paredes conservaban manchas de humedad y pequeñas grietas que parecían cicatrices.
Había algo profundamente humano en aquellas paredes.
Habían visto nacimientos.
Enfermedades.
Discusiones.
Oraciones.
Personas esperando noticias.
Mujeres llorando en silencio.
Hombres que fingieron ser fuertes cuando no tenían ninguna fuerza.
Niños que no comprendían por qué los adultos tenían miedo.
Pensé en cuántas personas habían tocado aquellas puertas sin saber que, más de un siglo después, alguien estaría intentando reconstruir sus vidas.
—Aquí —dijo Lucía.
Se había detenido frente a una habitación.
La puerta estaba entreabierta.
Entramos.
Había una cama antigua.
Un armario.
Una mesa.
Y sobre la mesa, un pequeño crucifijo de madera.
Me acerqué.
Tenía polvo.
Pero alguien lo había limpiado recientemente.
Pasé un dedo por la superficie.
—Alguien estuvo aquí.
Gabriel se acercó.
—Sí.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Sofía?
—Podría ser.
Lucía abrió el armario.
Había algunas prendas antiguas cuidadosamente dobladas.
No parecían haber estado allí desde 1912.
Eran más recientes.
Encontramos un pañuelo.
Un pequeño bolso.
Un cuaderno.
Lo tomé.
Estaba cerrado con una cinta.
En la primera página había una sola palabra.
SOFÍA.
Sentí que se me detenía el corazón.
—Es ella —susurró Lucía.
Negué lentamente.
—No necesariamente.
Gabriel me miró.
—Bien.
—¿Bien?
—Eso es exactamente lo que habría dicho el primer Gabriel.
Sonreí apenas.
Era extraño.
Después de todo lo ocurrido, incluso una duda podía convertirse en una forma de respeto.
Abrí el cuaderno.
La primera página estaba fechada:
1912.
Me senté.
Mis manos comenzaron a temblar.
No por miedo.
Por emoción.
Porque aquel nombre, escrito hacía más de un siglo, estaba delante de mí.