Hay noches en las que uno duerme porque el cuerpo ya no puede permanecer despierto, y hay otras en las que cerrar los ojos significa enfrentarse a todo aquello que la mente ha intentado evitar durante el día.
Aquella noche perteneció a la segunda clase.
Me desperté varias veces con la sensación de haber olvidado algo importante. No era exactamente miedo, sino una inquietud persistente, una pregunta que parecía encontrarse siempre a punto de pronunciarse y que, sin embargo, se desvanecía cada vez que intentaba formularla.
A las cinco de la mañana me levanté, preparé café y extendí sobre la mesa las copias de los documentos relacionados con noviembre de 1912.
Los ordené por fecha.
El ingreso hospitalario de una niña de aproximadamente seis años.
La muerte de Elena María Roldán.
La duda del doctor Gabriel Ferrer acerca de la identificación del cuerpo.
La anotación de Elena Valdés sobre una pequeña que había permanecido tres días en su casa.
El traslado a la Casa de Santa Brígida.
El posible nombre de Ana Varela.
Y, finalmente, la referencia a otra menor, identificada únicamente como la niña del expediente diecisiete.
Dos niñas.
Dos historias entrelazadas.
Un nombre que podía ser falso, incompleto o simplemente prestado.
Y una tercera posibilidad que todavía no nos atrevíamos a descartar: que los adultos hubieran confundido a las dos pequeñas desde el principio y que todos los documentos posteriores hubieran heredado aquella equivocación.
Me quedé mirando los papeles.
Habíamos empezado buscando a una niña cuya muerte no coincidía con los registros. Ahora debíamos averiguar si la niña que supuestamente había muerto había sido identificada correctamente, si la que sobrevivió recibió otro nombre y si una tercera menor había quedado atrapada en aquella cadena de decisiones.
Era demasiado fácil perderse.
También era demasiado fácil encontrar una explicación que pareciera convincente y acomodar todos los documentos a ella.
Por eso tomé una hoja limpia y escribí una sola frase:
Todavía no sabemos quién era quién.
Debajo añadí:
Y ninguna persona merece que decidamos su identidad por conveniencia.
Aquellas palabras me parecieron más importantes que cualquier hipótesis.
Porque el verdadero peligro no estaba solamente en que alguien hubiera alterado los registros de 1912.
Estaba en que nosotros, un siglo después, pudiéramos cometer el mismo error por razones distintas.
Ellos quizá habían decidido qué nombre debía tener una niña.
Nosotros podíamos terminar decidiendo qué historia debía representar.
Y, en ambos casos, existía el riesgo de dejar de escuchar a la persona para escuchar únicamente nuestras propias necesidades.
Guardé la hoja en la carpeta y llamé a Gabriel.
Contestó después de varios tonos.
—¿Ocurrió algo? —preguntó, todavía adormecido.
—Creo que debemos cambiar la forma de investigar.
Hubo un breve silencio.
—Te escucho.
—Hasta ahora hemos buscado documentos que nos digan quién era la niña. Pero quizá debamos empezar por reconstruir qué hicieron con ella, paso a paso, sin asignarle una identidad antes de tiempo.
Gabriel tardó unos segundos en responder.
—Tienes razón. Necesitamos separar lo que sabemos de lo que suponemos.
—Y no llamar a ninguna de las dos Ana hasta que tengamos pruebas suficientes.
—De acuerdo.
Respiré profundamente.
—Hay algo más. Quiero que encontremos el expediente diecisiete, aunque descubramos que no tiene ninguna relación con Elena Valdés.
—Lo encontraremos.
—Y si resulta que sí está relacionado, quiero saber por qué alguien lo retiró.
Gabriel bajó la voz.
—Elena, hay una posibilidad que no me gusta.
—¿Cuál?
—Que el expediente no haya desaparecido por una decisión reciente. Quizá alguien lo retiró cuando todavía estaban vivos los protagonistas. Si es así, puede que la ausencia de ese documento forme parte de la historia desde el principio.
Miré los papeles.
—Entonces no estamos buscando solamente a una niña.
—No —respondió—. Estamos buscando el momento en que alguien decidió que era mejor que nadie pudiera demostrar quién había sido.
Terminamos la llamada.
Poco después, Lucía me escribió para decirme que también había pasado la noche revisando las fotografías de los documentos.
Su mensaje terminaba con una frase que me conmovió:
«No quiero que encontremos solamente el nombre. Quiero que encontremos la vida que hubo detrás».
Me quedé mirándola un momento.
Eso era.
No bastaba con devolverle una palabra a un registro.
Debíamos intentar comprender la existencia que aquella palabra había intentado sustituir.
A las nueve de la mañana nos reunimos en el archivo municipal.
Benítez nos esperaba junto a una mesa cubierta de carpetas. Tenía el rostro cansado y una expresión que no le había visto antes.
—He revisado los libros de préstamos internos —nos dijo—. No aparece ninguna solicitud formal para retirar el expediente diecisiete.
Gabriel dejó su abrigo sobre una silla.
—¿Y los registros de conservación?
—Tampoco. Pero encontré algo.
Benítez abrió una carpeta estrecha y extrajo una hoja escrita a máquina.
—En 1968 se hizo un inventario de los documentos de la Casa de Santa Brígida. El funcionario encargado anotó que el expediente diecisiete no se encontraba en su ubicación habitual.
—¿Eso significa que ya había desaparecido en 1968? —pregunté.
—No necesariamente. Pudo estar en otra caja o haber sido prestado sin registrarlo. Lo importante es que la ausencia quedó señalada.
Lucía leyó el documento.
—¿Quién hizo el inventario?
Benítez señaló una firma al pie.
—Un archivero llamado Esteban Molina.
—¿Y sigue vivo? —pregunté.