Hay recuerdos que permanecen dormidos durante décadas, hasta que una pregunta los despierta.
A veces regresan completos, con rostros, voces y lugares que creíamos olvidados. Otras veces vuelven fragmentados, mezclados con imágenes de otras épocas, como fotografías guardadas durante demasiado tiempo en una caja húmeda. Y hay recuerdos que solamente se manifiestan como una sensación: la certeza de que algo ocurrió, aunque ya no sepamos exactamente qué fue.
Cuando salí de casa aquella mañana para reunirme con Ernesto Valdés, no sabía cuál de esas formas adoptaría su memoria.
Tenía ante mí una historia que había atravesado generaciones, una caja desaparecida, una carta que quizá nunca había llegado a su destinataria y una mujer cuyo nombre seguía escondido detrás de las dudas de los demás.
También tenía algo que me preocupaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer: la posibilidad de que, al encontrar una respuesta, descubriéramos que algunas de las personas que habían intentado proteger a aquella niña habían contribuido, sin querer o queriendo, a prolongar su sufrimiento.
No quería que nuestra investigación se convirtiera en una búsqueda de culpables.
Pero tampoco quería utilizar la compasión como una venda para no mirar las heridas.
Había comprendido que ambas cosas podían ser injustas. Condenar a alguien sin conocer sus circunstancias era una forma de violencia; absolverlo antes de escuchar a quienes habían sufrido sus decisiones podía ser otra.
La humanidad no consistía en fingir que nadie había hecho daño.
Consistía en tener el valor de reconocerlo sin olvidar que, detrás de cada decisión, había personas que habían vivido con sus propios miedos, limitaciones y contradicciones.
Y, sobre todo, consistía en recordar que quienes habían recibido las consecuencias de esas decisiones merecían ser escuchados.
A las cuatro de la tarde llegué con Lucía y Gabriel a la residencia donde vivía Ernesto.
Era un edificio tranquilo, rodeado de árboles antiguos y pequeños jardines. En la entrada había macetas con flores amarillas y un banco de madera donde dos hombres conversaban mientras una cuidadora les servía agua.
El aire olía a tierra húmeda.
Me detuve un instante antes de entrar.
Había visitado hospitales, archivos y casas donde las familias guardaban sus recuerdos como quien protege una llama del viento. Sin embargo, cada encuentro con una persona mayor me producía una emoción particular.
Sabía que, para nosotros, aquella conversación podía ser una pieza decisiva de la investigación.
Para Ernesto, en cambio, podía significar volver a una época de su vida que quizá había preferido dejar atrás.
No teníamos derecho a exigirle que nos ofreciera sus recuerdos como si fueran documentos disponibles en una estantería.
Debíamos escuchar lo que quisiera compartir, respetar sus dudas y aceptar que algunas preguntas podían resultar dolorosas.
Lucía pareció advertir mi preocupación.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Sí. Solo estoy pensando en cómo empezar.
—Preguntando su nombre, supongo.
Sonreí.
—A veces lo más difícil es recordar que debemos comenzar por lo sencillo.
Gabriel miró hacia la puerta.
—Y escuchar antes de interpretar.
Asentí.
Después entramos.
Ernesto Valdés nos esperaba en una pequeña sala de visitas.
Era un hombre de cabello blanco, manos delgadas y ojos claros. Llevaba una camisa azul cuidadosamente abotonada y un reloj antiguo que parecía demasiado grande para su muñeca.
Cuando nos vio, se levantó despacio.
Teresa lo había llamado el día anterior para explicarle que iríamos a conversar sobre unos documentos familiares. Él había aceptado recibirnos, aunque había dejado claro que no recordaba todos los detalles.
—Así que ustedes son los que andan buscando la caja —dijo.
No había hostilidad en su voz, pero tampoco confianza.
—Sí —respondí—. Gracias por recibirnos.
—Teresa me explicó algo. No mucho. Dice que están investigando una historia antigua.
—Una historia que quizá esté relacionada con algunos documentos que conservaron nuestras familias —le expliqué—. No sabemos si la caja que usted recuerda contiene esos documentos ni si la carta de la que nos habló tiene relación con la niña que buscamos.
Ernesto me observó durante unos segundos.
—Eso es bueno.
Me sorprendió la respuesta.
—¿Por qué?
—Porque la gente suele llegar con la historia ya escrita. Después solamente quiere que uno le confirme lo que cree.
Se sentó lentamente y nos indicó que hiciéramos lo mismo.
—Mi padre decía que los recuerdos son como los muebles viejos —continuó—. Uno cree que sabe dónde está cada cosa, hasta que abre un cajón y encuentra algo que había olvidado.
Lucía sonrió con suavidad.
—Por eso queremos escucharle sin dar nada por seguro.
Ernesto asintió.
—Entonces les contaré lo que recuerdo. Pero no quiero que después escriban que todo ocurrió exactamente como yo lo diga. Era un niño. Hay cosas que quizá entendí mal.
—Lo tendremos presente —le aseguré.
Su mirada se suavizó un poco.
Durante unos minutos hablamos de su infancia, de la casa familiar y de los años en que su padre se había dedicado a conservar documentos de varias ramas de la familia.
Nos contó que aquel hombre era ordenado hasta la exageración. Guardaba recibos, cartas, fotografías y papeles que los demás consideraban inútiles. Tenía una pequeña habitación donde clasificaba los documentos en cajas de madera, cada una marcada con una etiqueta.
—Mi madre se quejaba —recordó Ernesto—. Decía que no había un solo armario libre porque mi padre quería guardar hasta los sobres vacíos.
—¿Y él qué respondía? —pregunté.
Ernesto sonrió.
—Que un sobre vacío podía ser la prueba de que alguien había enviado una carta.
La frase me hizo pensar en el sobre que Teresa había encontrado entre los documentos familiares.