Cuando la Fe Venció al Dolor

CAPÍTULO 50 El archivo donde los nombres aprendieron a esconderse

Nunca imaginé que llegaría un momento en el que buscar a una persona desaparecida entre los pliegues de la historia me obligaría a preguntarme cuánto de nuestra propia vida queda también escondido en lugares que nunca nos atrevimos a revisar.

Durante semanas habíamos seguido rastros que parecían conducirnos hacia una respuesta y que, al examinarlos con cuidado, terminaban abriendo nuevas preguntas. Una carta sin destinatario confirmado. Una fotografía cuyo origen seguía siendo incierto. Una anotación que podía referirse a una mujer o a otra. Un número repetido en registros de diferentes épocas. Una declaración que alguien había recibido, pero que no había sido incorporada al expediente donde debería haber permanecido.

Y ahora teníamos una referencia más concreta: la posible transferencia de documentos hacia una sección de antecedentes personales.

No sabíamos si allí encontraríamos el libro auxiliar de recepción y movimientos que buscábamos. Tampoco sabíamos si ese libro había llegado alguna vez a destino, si había sido separado de otros registros o si sencillamente se había perdido durante alguna de las reorganizaciones administrativas que tantas veces habían alterado el orden de los archivos.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, nuestra búsqueda tenía un punto al cual dirigirnos.

Aquella mañana llegué al edificio de la institución sucesora poco después de las ocho. El cielo estaba cubierto y una lluvia fina golpeaba las ventanas con la paciencia de quien no necesita apresurarse para dejar su huella.

Llevaba una carpeta con las referencias que habíamos reunido desde el comienzo de la investigación. No eran muchas páginas, considerando todo el tiempo transcurrido, pero cada una contenía algo que habíamos aprendido a respetar: una palabra que no debía interpretarse apresuradamente, una fecha que todavía necesitaba confirmación, un nombre cuya identidad no podíamos dar por establecida.

Lucía llegó unos minutos después.

Traía dos cafés en vasos de cartón y el cabello húmedo por la lluvia.

—Te traje uno —dijo, extendiéndome uno de los vasos—. No sabía si habías desayunado.

—No mucho.

—Entonces no es un café. Es una medida preventiva contra tus decisiones de investigar hasta olvidarte de que sos una persona.

Sonreí.

—¿Siempre fuiste así de insistente?

—Solamente con la gente que confunde la vocación con la obligación de agotarse.

Aquella frase me hizo bajar la mirada hacia la carpeta.

Durante años había creído que seguir adelante significaba resistir sin detenerme. Había aprendido a trabajar aun cuando el cuerpo me pedía descanso, a responder preguntas mientras mi corazón intentaba comprender otras cosas, a sostener conversaciones que me dejaban vacía y a disimular el cansancio porque pensaba que reconocerlo podía parecer una forma de debilidad.

Sin embargo, desde que habíamos comenzado a investigar las historias de aquellas niñas, algo estaba cambiando en mí.

Comprendía que la perseverancia no tenía por qué parecerse al castigo.

Podíamos buscar sin destruirnos. Podíamos sostener la esperanza sin convertirla en una exigencia. Podíamos detenernos un momento sin abandonar a quienes habían quedado atrás.

—Tenés razón —le dije a Lucía—. Voy a intentar desayunar antes de que terminemos.

—No me alcanza con una promesa tan vaga.

—Voy a desayunar.

—Ahora estamos hablando.

Gabriel apareció en la entrada y nos encontró riéndonos por primera vez aquella mañana.

Llevaba una copia del inventario que Patricia nos había enviado la noche anterior. Había marcado con lápiz tres referencias y anotado al margen las fechas de los movimientos administrativos que podían guardar relación con nuestro objetivo.

—Patricia nos espera en la sala de consulta —dijo—. Pero antes quiere explicarnos algo sobre la numeración de las transferencias.

—¿Encontró el libro? —pregunté.

Gabriel negó con la cabeza.

—Encontró una referencia que podría conducirnos hasta él. No es lo mismo.

Me gustó que lo dijera así.

Habíamos aprendido, a fuerza de decepciones y de pequeños descubrimientos, que una referencia no era un documento, que un documento no siempre demostraba lo que parecía y que una posibilidad, por más emocionante que resultara, no debía convertirse en una certeza solamente porque necesitábamos creer en ella.

La esperanza podía abrir una puerta.

No debía escribir por adelantado lo que encontraríamos detrás.

Patricia nos recibió con una expresión seria, aunque sus ojos transmitían esa clase de entusiasmo discreto que aparece cuando alguien comprende que una tarea aparentemente insignificante puede tener consecuencias importantes.

Sobre la mesa había colocado tres carpetas de consulta, un registro de transferencias y una hoja con el esquema de las antiguas dependencias administrativas.

—Estuve revisando la referencia que encontraron en el inventario —nos explicó—. El problema es que la sección de antecedentes personales no siempre tuvo el mismo nombre. En algunos períodos funcionó como una unidad independiente; en otros, dependió de administración general. También hubo documentos que pasaron por depósitos intermedios antes de incorporarse a una colección definitiva.

Lucía se inclinó sobre el esquema.

—Entonces, si el libro fue enviado a esa sección, podría estar catalogado con otro nombre.

—Exactamente. O podría haberse registrado solamente el traslado de un conjunto de documentos sin describir cada volumen. Eso ocurrió con bastante frecuencia durante las reorganizaciones.

Gabriel señaló una anotación.

—¿Y este código?

Patricia se acomodó los anteojos.

—Corresponde a una transferencia de documentación administrativa. No podemos afirmar que incluya el libro que buscan. La descripción es demasiado general. Pero el destino coincide con una de las denominaciones utilizadas para los antecedentes personales durante esos años.




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