Durante mucho tiempo creí que la verdad era una puerta cerrada y que nuestra tarea consistía en encontrar la llave adecuada para abrirla. Pensaba que, una vez descubierta la cerradura correcta, bastaría con girar la llave para que todo lo ocurrido se revelara ante nosotros con la claridad de una habitación iluminada por el sol.
Pero los archivos me estaban enseñando algo diferente.
La verdad no siempre permanece detrás de una puerta. A veces se encuentra repartida en habitaciones distintas, escrita con tintas diferentes, escondida en documentos que nadie consideró importantes y fragmentada entre personas que, por miedo, vergüenza o simple incapacidad, no supieron qué hacer con aquello que tenían entre las manos.
Y algunas veces, la verdad no está escondida deliberadamente. Simplemente, alguien la dejó en el lugar equivocado.
Aquella mañana regresé al archivo con una sensación difícil de explicar. No era exactamente esperanza, porque la esperanza había aprendido a caminar conmigo sin prometerme resultados. Tampoco era desánimo, aunque las semanas de búsquedas infructuosas empezaban a pesarme en el cuerpo como una enfermedad silenciosa.
Era la certeza de que debíamos continuar.
La última anotación encontrada en el inventario auxiliar nos había dejado dos referencias que podían resultar decisivas: una relación original conservada, al menos según la nota marginal, en la sección de antecedentes personales, y una relación de documentos pendientes de devolución que debía cotejarse con aquella primera referencia.
No sabíamos si ambos registros estaban vinculados con el libro auxiliar de recepción y movimientos que buscábamos. Mucho menos podíamos asegurar que ese libro contuviera información sobre la niña cuya historia nos había llevado hasta allí.
Sin embargo, por primera vez en varios días, teníamos una dirección concreta.
No un nombre definitivo.
No una respuesta.
Una dirección.
Y a veces, cuando uno lleva demasiado tiempo caminando en medio de la incertidumbre, una dirección puede ser suficiente para volver a ponerse de pie.
Lucía ya estaba sentada junto a una de las mesas cuando llegué. Tenía el cabello recogido, una carpeta abierta y varios papeles distribuidos delante de ella. Gabriel permanecía de pie, mirando las anotaciones que Patricia nos había enviado el día anterior. Inés, que había conseguido autorización para acompañarnos en la consulta, revisaba un registro de transferencias con una paciencia que yo admiraba cada vez más.
—¿Pudieron localizar la relación original? —pregunté.
Gabriel levantó la mirada.
—Todavía no. Patricia recibió una respuesta preliminar del depósito. Confirmaron que existe una referencia a documentación transferida a antecedentes personales, pero no encontraron el documento original entre los materiales consultados.
Me senté lentamente.
—¿Entonces seguimos en el mismo lugar?
—No exactamente —respondió Lucía—. Ahora sabemos que alguien dejó constancia de que esa relación existía y de dónde debía buscarse. Antes teníamos una referencia indirecta. Ahora tenemos una referencia a la procedencia de esa referencia.
Sonreí apenas.
—Dicho así, parece que estamos persiguiendo un papel que habla de otro papel que habla de un tercer papel.
—Es posible que sea exactamente eso —contestó ella—. Y, por extraño que parezca, puede ser importante.
Gabriel acercó una hoja.
—Hay algo que debemos tener presente. Cuando una institución reorganiza sus archivos, no siempre traslada cada documento junto con el expediente al que pertenece. Algunas veces se mueve el expediente completo; otras, solamente los anexos. Y, cuando no se sabe a qué persona corresponde un documento, puede terminar en una serie general, separado de todos los demás.
—Como ocurrió con los sobres que encontramos mencionados en los registros anteriores —dije.
—Podría ser una situación semejante —aclaró—. Pero no debemos dar por hecho que se trata del mismo conjunto documental.
Asentí.
Habíamos aprendido, a fuerza de equivocarnos y corregirnos, que una semejanza no era una prueba. Una fecha coincidente podía abrir una posibilidad, pero no confirmarla. Un número repetido podía conducirnos hasta un documento, pero también podía hacernos perder semanas detrás de una pista equivocada.
Y un nombre, incluso cuando parecía encajar perfectamente, podía pertenecer a otra persona.
No quería que nuestra necesidad de encontrar respuestas terminara convirtiéndose en una forma de injusticia.
Habíamos comenzado esta búsqueda porque una niña podía haber sido privada de su nombre, de su historia y del derecho a saber quién había intentado encontrarla. No podíamos reparar esa posible injusticia cometiendo otra: atribuirle una identidad que no le correspondiera.
—Entonces, ¿qué hacemos primero? —pregunté.
Inés cerró el registro que tenía delante.
—Solicitar la relación original y, mientras tanto, buscar la relación de documentos pendientes de devolución en las series donde se conservaron los registros de recepción. Si ambos documentos comparten referencias de origen, podríamos establecer una conexión administrativa. Si no la comparten, tendremos que mantenerlos separados.
—¿Y si tampoco aparece la relación de devolución?
Inés me miró con una expresión serena.
—Buscaremos el registro que dejó constancia de su existencia.
No dijo que lo encontraríamos.
No dijo que la niña seguía viva.
No dijo que todo terminaría bien.
Y, sin embargo, aquella respuesta me sostuvo más que cualquier promesa.
Porque la honestidad, cuando uno atraviesa una historia llena de ausencias, también puede ser una forma de consuelo.
La sección de antecedentes personales ocupaba una parte del archivo que apenas habíamos consultado. No era una sala secreta ni un lugar misterioso, como habría imaginado en otro tiempo. Era un espacio de trabajo con estanterías metálicas, cajas numeradas, carpetas de cartón y etiquetas mecanografiadas.