Hay silencios que nacen del miedo, otros de la vergüenza y algunos de una promesa que alguien hizo cuando todavía creía que el tiempo sería suficiente para cumplirla. Durante mucho tiempo pensé que el silencio era simplemente la ausencia de palabras. Ahora comprendía que podía tener muchas formas: un nombre omitido, una carta guardada en un cajón, una fotografía que nunca llegó a su destinatario, una declaración que alguien recibió y después dejó fuera de un expediente. También podía ser el gesto de una persona que, después de esperar durante años, había aprendido a desconfiar de quienes aseguraban tener respuestas.
La mañana en que regresamos al archivo, llevaba conmigo una libreta nueva. Había llenado la anterior con fechas, referencias, nombres incompletos y preguntas que, al principio, me parecían cada vez más próximas a una respuesta. Sin embargo, a medida que avanzábamos, descubríamos que cada documento podía abrir una puerta y, detrás de ella, encontrar otra cerrada. Habíamos aprendido a no confundir ese movimiento con un fracaso. A veces, avanzar consistía en comprender por qué una puerta no podía abrirse todavía.
Lucía llegó primero. La encontré sentada en un banco del pasillo, con una carpeta apoyada sobre las rodillas y una expresión que no conseguí interpretar de inmediato. Tenía los ojos cansados, pero había en su rostro una serenidad distinta de la que mostraba cuando no encontraba nada. Era la serenidad de quien había encontrado algo, aunque todavía no supiera cuánto significaba.
—Conseguí una referencia más —me dijo.
No me entregó la carpeta enseguida. La sostuvo entre las manos, como si quisiera ordenar mentalmente lo que iba a contarme antes de permitir que el papel hablara.
—No es el libro original. Tampoco es la declaración de 1969. Pero puede conducirnos a cualquiera de los dos.
Me senté a su lado.
—¿Qué encontraste?
Lucía abrió la carpeta y me mostró una reproducción parcial de un índice auxiliar. En el encabezado se leía: «Referencias reservadas. Consultas pendientes de cotejo». Debajo había varias entradas, algunas tachadas, otras corregidas con una letra distinta. La tinta se había desvanecido en ciertos renglones, y una marca de humedad había borrado parte de la columna derecha.
Una entrada, sin embargo, conservaba suficiente claridad.
«Referencia reservada. Solicitud de cotejo entre asiento de recepción y documentación personal. No incorporar nombre declarado hasta verificar procedencia».
Debajo figuraba un código incompleto. Solo se distinguían dos letras, una barra y tres números. No aparecía ningún nombre.
—¿Es la misma referencia que buscábamos? —pregunté.
—No puedo asegurarlo. El sistema de códigos cambió varias veces. Además, este índice contiene consultas de diferentes años. Pero hay una anotación al margen que me llamó la atención.
Señaló una frase escrita con lápiz.
«Véase libro de incidencias. No confundir con expediente de identidad».
La leí dos veces.
Hasta entonces habíamos buscado la declaración de una mujer, el registro de una niña, una carta retenida por una familia y un libro auxiliar que quizá había sido trasladado a otra sección. De pronto, alguien nos advertía que no confundiéramos dos asuntos que, a simple vista, parecían pertenecer a una misma historia.
—¿Y si estamos siguiendo dos caminos que nunca se cruzaron? —pregunté.
Lucía no intentó tranquilizarme con una respuesta fácil.
—Es posible. Y tenemos que aceptar esa posibilidad.
Su sinceridad me dolió un poco, aunque no porque quisiera escuchar otra cosa. Había algo agotador en reconocer que tantos meses de búsqueda podían llevarnos a historias diferentes. Pero también comprendí que, si pretendíamos encontrar la verdad, debíamos estar dispuestos a descubrir que algunas de nuestras sospechas habían sido equivocadas.
—Entonces tendremos que averiguarlo —dije.
—Sí. Pero sin obligar a los documentos a decir lo que necesitamos escuchar.
Guardé la reproducción en mi libreta. Aquella frase de Lucía me acompañó mientras atravesábamos el pasillo hacia la sala de consulta.
No obligar a los documentos a decir lo que necesitábamos escuchar.
Pensé que esa era una de las lecciones más difíciles de toda nuestra investigación. Cuando una historia nos conmueve, comenzamos a establecer relaciones casi sin darnos cuenta. Una fecha se parece a otra. Una inicial coincide con un apellido. Una mujer recuerda una carta y un registro menciona una consulta sobre antecedentes personales. Entonces, el corazón empieza a completar los espacios vacíos mucho antes de que la razón haya podido examinarlos.
Yo también había caído en esa tentación.
Había imaginado a la niña de 1912 creciendo sin conocer su origen. Había pensado en la mujer que buscó una carta durante décadas, en la persona que pidió que no escribieran su nombre, en aquella fotografía de una pequeña con un objeto alrededor del cuello. Había sentido que todas esas piezas pertenecían a una misma vida, separada por decisiones ajenas y por un silencio que nadie había conseguido romper.
Pero sentirlo no lo convertía en una certeza.
Quizá varias de aquellas personas compartían una historia. Quizá solo algunas. Quizá estábamos descubriendo un conjunto de sufrimientos diferentes, unidos por una institución que había conservado mal sus registros y por una época en la que demasiadas vidas dependían de documentos que otros podían escribir, modificar o extraviar.
La posibilidad no disminuía el dolor de ninguna de esas personas.
Si acaso, lo hacía más amplio.
Patricia nos esperaba en una sala pequeña, junto a dos cajas de cartón gris. Había solicitado autorización para consultar el material relacionado con las incidencias de recepción y las referencias reservadas. No había obtenido todavía permiso para revisar todos los documentos, pero había conseguido que el personal del depósito verificara una parte de los inventarios.