La taberna tenía un ambientazo. La música hacía retumbar el suelo de madera, pero Roxanne (Roxy) no parecía notarlo. Estaba tan ensimismada que los sonidos de la gaita y el tambor le llegaban ensordecidos. Y era normal dadas las miradas furtivas y temerosas que recibía de quienes se cruzaban con ella.
¿La razón? Una guerrera semiorca de casi dos metros, fuertemente armada y con colmillos asomando al sonreír, no pasaba desapercibida.
Entonces, ¿qué hacía allí? Su grupo acababa de cumplir una misión y decidieron gastar la recompensa en la taberna de Lou Ferrigno, una de las más famosas de la ciudad. El tipo de lugar donde los del gremio de ladrones cerraban tratos.
Aquella noche había acudido decidida a probar una vez más si serían capaces de acordarse de ella e integrarla, pero no parecía el caso. El dinero había ido atrayendo a las chicas del lugar y la atmósfera era cada vez menos de su gusto, por lo que se ofreció para pedir la siguiente ronda y simplemente no volvió.
Se había hecho dueña del final de la barra, cerca de la puerta de los establos, donde nadie la molestaba. Es más, cada vez que su mirada se cruzaba con alguien que pudiera observarla de reojo, el tabernero le ponía otra cerveza, temiendo que provocara un disturbio.
De todas maneras, ella ya le había dicho que se las cargara a sus amigos.
Durante la tercera cerveza, su instinto le indicó que algo raro pasaba. El número de “guardias” había aumentado. Quizás alguien estaba teniendo las manos largas con las camareras. O puede que estuvieran armando revuelo en los reservados.
Ocurriera lo que ocurriera, de pronto su rodilla se dobló y casi estampa el mentón contra la barra.
Se enderezó con un gruñido —alguien le había golpeado la parte trasera de la rodilla— y se volvió con cara de pocos amigos, sin decidir si desahogaría su rabia con el culpable, cuando una salmodia de disculpas atravesó el ruido de la música.
—Lo siento lo siento lo siento —decía una vocecita, mientras su dueño tendía las manos hacia ella, sin atreverse a intentar ayudarla—. ¿Estás bien? Siento mucho lo que ha pasado.
Roxy miró al humano que tenía delante, y reprimió su furia al comprobar que realmente lo sentía.
Unos ojillos azules con expresión abrumada la contemplaban, esperando.
—Sí, estoy bien. Tranquilo.
Aquella respuesta no pareció calmarlo. Se pasaba una mano por el pelo, agitado, como si le faltara el aire.
Tenía un aspecto tan apurado que Roxy se exasperó:
—Amigo, tranquilo, ¿vale? No voy a pegarte.
—¿Perdón? —le contestó él, frunciendo el ceño.
—Que no tienes por qué tenerme miedo —insistió ella, dándose cuenta de que aquella frase podía ser perfectamente la que quería gritar a pleno pulmón desde que empezara la noche.
Pero las cosas no fueron en la dirección que ella esperaba.
—Yo no te tengo miedo —replicó con cierto orgullo, sacando pecho—. Ojalá fuera ese mi problema —continuó, volviéndose a encoger al tiempo que miraba a su alrededor, como si huyera de algo.
Y ahí Roxy lo entendió. Quizás aquella noche no fuera a ser tan previsible, después de todo.
—Si buscan solo a una persona, ¿no te convendría sentarte aquí un rato? —le preguntó con una media sonrisa.
El hombre miró las inmediaciones con los labios tensos, mientras Roxy lo observaba de reojo. Tenía el pelo sudado y una papada que le alargaba la cara, dándole el aspecto de un dandi venido a menos. Quizás un juglar sin suerte. Pero los ojos eran otra cuestión.
—No quiero meterte en esto —dijo finalmente, volviéndose hacia ella.
La semiorca reconoció aquella mirada de inmediato. La había visto en campos de batalla y en sus compañeros: era pura extenuación.
Ninguno de los dos se merecía sentirse así sin ayuda.
—Siéntate y veamos qué se puede hacer —ordenó, volviéndose hacia la barra—. ¿Conocen tu aspecto?
El humano suspiró.
—Sí y no. Es complicado.
Se dirigió al taburete e inició el ascenso más enrevesado y aparatoso que Roxy había contemplado nunca.
—¿Qué pasa? —preguntó él, una vez sentado, viendo a la semiorca tapándose la cara con una mano.
—Jamás he visto tanta dignidad perdiéndose en tanta torpeza.
Al principio el humano pareció no entender, aunque de pronto su rostro se iluminó con una sonrisa franca y una risita tan aguda que Roxy soltó una carcajada. ¿Cómo podía tener una risa tan clara?
—Me llamo Roxy —le dijo, tendiéndole una mano.
Pero él retrocedió con aire ofendido.
—Lo siento, no doy la mano a las damas que se burlan de mi dignidad. Tengo que conservar el poco orgullo que me queda. Pero puedes llamarme Aldegrim.
Roxy estaba encantada.
—Vaya… pues no era fachada: eres valiente después de todo.
—¡Y ocurrente! —exclamó Aldegrim, dándole las gracias al tabernero, que acababa de dejar una cerveza a su lado.
Roxanne tomó la suya y sonrió, sintiéndose cómoda en aquel pequeño apartado que se habían creado mientras él parecía concentrado en mantenerse equilibrado.
—¿Tampoco bebes? —preguntó, incisiva.
—No soy mucho de cerveza —respondió, negando suavemente con la cabeza y acercando una mano a la jarra, como si fuera a cogerla—. Además, esta noche necesito tener la mente clara.
La semiorca seguía sus movimientos con curiosidad, como si su inconsciente hubiera detectado algo que aún no se había hecho claro, pero Aldegrim la distrajo preguntándole:
—¿Estás sola o has venido con alguien más?
—He venido con mis compañeros —empezó a decir, mirándolos desde la distancia—; están gastando oro en compañía menos verde.
Él asintió y observó la sala con una expresión de comprensión mientras se frotaba la palma de la mano con el pulgar.
—Invisible a ojos vista, aunque tengas un nombre digno de estar en una canción.
Roxy lo miró con una sonrisa tierna a la vez que negaba con la cabeza.
—No conozco ninguna canción que se llame Roxanne —comenzó a decir—, vas a tener que cantár…
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Editado: 08.03.2026