La ausencia del padre de Mateo no era solo una silla vacía ni una voz que no regresaba; era un eco que se había instalado en cada rincón de la casa.No hacía ruido, pero se sentía en el aire, en los muebles, en los platos que se acumulaban en la cocina.
Cada gesto de su madre llevaba un peso invisible, y Mateo entendió, sin que nadie se lo explicara, que debía hacerse fuerte.Se volvió cuidadoso con las cosas, con la gente, con los silencios.
Aprendió a adivinar qué necesitaban los demás antes de que lo pidieran.Sus manos se llenaron de responsabilidades que no eran suyas, y su corazón, de una necesidad constante de sostener cuando aún necesitaba ser sostenido.
Cada noche, mientras intentaba dormir, sentía un hueco que ninguna cama podía llenar. La ausencia del padre no era solo física: era un tiempo que no volvería, una infancia que se desvanecía sin permiso. Y aunque nadie le exigía palabras, cada mirada, cada suspiro, parecía decirle: “Debes ser fuerte, aunque duela”.