Guardar los juguetes fue un acto silencioso, casi ceremonial, como si cada uno contuviera un pedazo de alma que debía preservarse en secreto.
No hubo despedidas, no hubo llanto ruidoso ni abrazos largos; solo el cierre lento de una caja que se convirtió en un ataúd para la infancia.
Cada muñeco, cada camión, cada muñeca rota, representaba momentos que nunca regresarían: risas fugaces, tardes de sol, secretos compartidos sin miedo.
Guardar los juguetes fue guardar recuerdos que dolían demasiado para ser soltados.
La caja quedó al fondo del armario, polvorienta, como un testigo silencioso de lo que se perdió.
Y cada vez que alguien la miraba de reojo, sentía un nudo en la garganta: era un recordatorio de promesas que nunca se cumplieron y de una inocencia que se escapó mientras ellos ya corrían hacia responsabilidades que no comprendían del todo...