La escuela ofrecía estructura, horarios y reglas claras, pero no lograba borrar el peso que Lucía y Mateo llevaban dentro.
Allí podían fingir normalidad, cumplir con tareas, obtener calificaciones y aplausos, pero nada de eso llenaba los vacíos que dejaba la casa.
Aprendieron a destacarse en silencio, a cumplir sin preguntar, a ser ejemplares para que nadie notara lo que en realidad temían: que la fragilidad pudiera asomar.
Cada aplauso de maestro, cada nota alta, era un consuelo breve que se desvanecía al volver a casa.
El patio, los pasillos, los libros: todo parecía ordenado, seguro. Pero dentro de ellos, la infancia que se había quedado atrás lloraba en secreto.
La escuela era un refugio que protegía de lo exterior, pero no podía reparar lo que se había quebrado por dentro.