Lucía aprendió pronto que pedir era exponerse a la decepción.Cada vez que necesitó algo y no lo recibió, algo dentro de ella se hizo más pequeño.
Comenzó a decir “está bien” incluso cuando su cuerpo temblaba de cansancio o su corazón gritaba silencioso.
Aprendió a minimizar sus deseos, a esconder sus lágrimas, a callar sus miedos.
Su madurez se construyó a base de renuncias invisibles, decisiones silenciosas, sacrificios que nadie notaba.
En las noches, cuando el mundo dormía, a veces lloraba sola, no por lo que tenía, sino por lo que nunca tuvo: tiempo, cuidado, atención.
Cada lágrima era un recordatorio de que crecer no solo es aprender a hacer, sino también a callar lo que se siente para que nadie note que estás a punto de romperte.