Mateo comenzó a trabajar cuando su cuerpo pedía juegos, no responsabilidades.
Al principio creyó que sería solo temporal, un medio para ayudar a la familia.
Pero pronto entendió que cada jornada no solo ocupaba su tiempo, sino que moldeaba su identidad.
El cansancio se volvió un compañero constante.
Sus manos se llenaron de trabajo, sus tardes de silencio, sus risas de ecos lejanos que no recordaba. Perdió juegos, historias inventadas, tardes sin obligaciones; todo lo que los niños suelen tener.
Cada día confirmaba que su niñez había quedado atrás, guardada en una caja como los juguetes de Lucía.
Y mientras sostenía su mundo con esfuerzo, sentía cómo algo dentro de él se consumía lentamente, un fuego silencioso que nadie notaba, pero que ardía cada noche en la soledad de su habitación.