El parque dejó de ser un lugar propio.
Lucía se paraba en el borde del columpio, observando a otros niños correr y reír sin preocupaciones.
No sentía envidia, sino un reconocimiento silencioso: ese pudo haber sido ella, ese pudo haber sido su mundo.
A veces, el viento le traía recuerdos de su propia infancia, fragmentos de risas que apenas alcanzaba a recordar.
La tristeza no era un golpe fuerte, sino un murmullo constante, como un río que corre bajo la superficie de su pecho.
Sentada en la banca, cerraba los ojos y dejaba que las hojas cayesen a su alrededor, imaginando que cada risa, cada juego, era un regalo que la vida había decidido darle demasiado tarde.
Y aunque deseaba unirse, sabía que esos momentos nunca serían realmente suyos...