Madurar no fue una elección, fue una obligación que cayó sobre ellos sin aviso.
Cada decisión, cada acción, estaba marcada por la necesidad de sostener, de no fallar.Aprendieron a responder antes de comprender, a pensar en los demás antes de pensar en sí mismos.
La infancia se desdibujaba como un dibujo borrado por la prisa de la vida.
El peso de la responsabilidad se sentía en los hombros, en el pecho, en cada respiro.
Cada sonrisa era un esfuerzo consciente; cada palabra alegre, una máscara cuidadosamente tejida...
Y en la soledad de la noche, cuando nadie miraba, ese peso se hacía más pesado, recordándoles que crecer así no era vivir, sino sobrevivir.