Las noches eran su único refugio real.
Cuando la casa dormía, Lucía sacaba su cuaderno como quien abre una ventana a un mundo que nadie más podía ver.
Escribir no era un pasatiempo, era una necesidad urgente.
Cada línea contenía sus miedos, sus deseos callados, el cansancio que no podía mostrar. Cada palabra era un hilo con el que sostenía su mundo, un intento de no desmoronarse.
Allí lloraba sin lágrimas visibles, gritaba sin voz, recordando que la infancia que debió vivir se había desvanecido.
El cuaderno se volvió un testigo silencioso, un altar secreto donde su niñez, perdida y callada, encontraba un espacio para existir.