Mateo también soñaba, pero aprendió que los sueños eran un lujo que no podía permitirse.
Hablar de ellos parecía frivolidad ante la urgencia de sostener la realidad.
Soñaba con dormir sin miedo, con equivocarse sin que el mundo se derrumbara, con caminar sin el peso de los otros sobre sus hombros.
Guardaba esos sueños en lo profundo de su pecho, como se guarda un cristal frágil para que nadie lo rompa.
A veces, la nostalgia de lo que nunca fue lo despertaba en medio de la noche.
Se sentaba en la oscuridad, contemplando un futuro que apenas podía imaginar, preguntándose si algún día tendría permiso de ser niño de nuevo...