No crecieron fuertes, crecieron cansados.
El cansancio no estaba solo en el cuerpo, sino en el alma, en los gestos y en los silencios.
Era un agotamiento acumulado, antiguo, que se llevaba todo: risas, juegos, descanso.Cada día requería un esfuerzo que nadie veía.
Sonreían, cumplían, avanzaban, mientras por dentro se preguntaban cuánto más podrían resistir.
Ese cansancio se convirtió en su sombra, una que caminaba detrás de ellos, recordándoles que vivir rápido también duele, que crecer deprisa tiene un precio que no se paga con palabras ni abrazos.