La adolescencia llegó sin aviso, sin transición, como un tren que no espera a nadie.
No hubo espacio para la rebeldía, para equivocarse, para descubrir quiénes eran.
Ser responsables era más urgente que conocerse a sí mismos.
Mientras otros experimentaban, ellos sobrevivían.
Cada error podía costar demasiado, cada decisión llevaba el peso de la familia, de la necesidad de sostener.
La adolescencia pasó como un susurro, dejando una sensación de algo inconcluso, de un tiempo robado que nadie devolvería.
Crecer así no es vivir, es aprender a encajar en un mundo que no siempre sabe que eres solo un niño atrapado en un cuerpo que obliga a madurar.