Ambos comprendieron que crecer rápido deja heridas que no sangran, pero que pesan igual.
No se ven, no se tocan, pero se sienten en cada gesto, en cada noche, en cada decisión.
Son heridas hechas de silencios, de responsabilidades impuestas, de emociones no atendidas.
Un abrazo nunca dado, una palabra nunca escuchada, una oportunidad robada: todo se acumulaba como piedras invisibles en sus pechos.
Cargar con ellas se volvió rutina, aunque a veces doliera respirar, aunque cada suspiro pareciera un recordatorio de lo que nunca pudieron tener.