Hubo días en que Lucía y Mateo intentaron volver, aunque fuera un instante, a fragmentos de su infancia perdida.
No a toda, solo a retazos que se colaban entre las grietas de la vida adulta.
Una risa que escapaba inesperada, una caminata sin rumbo, una conversación sin prisas: momentos que los hacían sentir ligeros, aunque solo por segundos.
Esos intentos eran pequeños y frágiles, como cristal.
Cada sonrisa, cada gesto libre, recordaba que aún podían sentir, que aún había pedazos de ellos que no habían sido completamente apagados.
Pero al final, la realidad siempre llamaba, recordándoles que crecer deprisa deja cicatrices que no se borran con juegos ni risas.