El tiempo siguió avanzando, indiferente a su cansancio.
No preguntaba si estaban listos, no detenía sus pasos.
Las responsabilidades cambiaban de forma, pero nunca desaparecían.
La vida exigía decisiones constantes, madurez permanente, vigilancia sobre sí mismos.
No hubo pausas largas, solo breves respiros que se sentían más como un parpadeo que como descanso.
Cada momento de tranquilidad se volvía fugaz, recordándoles que la infancia no espera, que la niñez puede esfumarse mientras intentas sostener lo que la vida te exige.