Lucía aprendió que sentir no era un error.
Llorar no era debilidad, sino un acto de honestidad consigo misma.
Permitirse sentir fue un acto de valentía, un paso hacia lo que había sido negado por años.
Reconocer el dolor significaba empezar a sanarlo, aunque lentamente, aunque con miedo de que el mundo no lo comprendiera.
Comprendió que negarse a sentir era otra forma de perderse, y que cada lágrima contenida era un ladrillo más en la prisión que la obligaba a crecer antes de tiempo.