Una noche, hablaron sin máscaras, sin prisas, sin obligación de ser fuertes.
Las palabras salían torpes, como si no supieran existir en voz alta, pero cada una era un pedazo de alivio.
Hablaban de la infancia que no vivieron, de los días en que se sintieron solos aun estando acompañados.
Hablaban de los juegos que no pudieron jugar, de las risas que no pudieron dar, de los abrazos que nunca recibieron.
No lloraron por debilidad, sino por honestidad.
Esa noche comprendieron que nombrar el dolor no lo hacía más grande, sino más humano.
Y en esa vulnerabilidad compartida encontraron una cercanía que nunca antes habían sentido.