El perdón más difícil fue hacia ellos mismos.
Lucía tuvo que perdonarse por crecer demasiado rápido, por no haberse defendido, por haberse exigido más de lo que podía dar.
Comprendió que había hecho lo mejor que pudo con las herramientas que tenía, que sobrevivir no era cobardía sino necesidad.
Perdonarse fue lento, casi doloroso, como abrir una herida para que pudiera respirar y cerrar con suavidad.
Pero fue necesario para seguir adelante, para dejar de cargar culpas que nunca fueron solo suyas.