Ambos entendieron que dentro de ellos aún vivía aquel niño que creció antes de tiempo.
No estaba roto, solo cansado, atrapado bajo capas de responsabilidades y silencios.
Aprendieron a cuidarlo con pequeños gestos: descansar sin culpa, reír sin explicación, decir que no cuando el mundo exigía más.
Cuidar al niño interior no era retroceder, sino sanar.
Cada gesto amable consigo mismos era un bálsamo, una forma de devolverle la ternura que nunca habían recibido y de recordarle que aún podía existir.