Aceptar la herida no significó olvidar. La cicatriz seguía ahí, silenciosa, recordándoles lo que fue y lo que no pudieron tener.
Pero ya no la negaban ni la escondían. Aprendieron a convivir con ella, a no dejar que definiera cada paso, a caminar junto a su dolor sin que este los paralizara.
La herida dejó de ser una condena y se volvió memoria, un recordatorio de fuerza, de supervivencia, de todo lo que habían soportado sin romperse completamente.