Aceptaron las posibilidades perdidas: los caminos que no tomaron, las versiones de sí mismos que nunca existieron.
Aceptar lo que no fue dolió, un dolor tranquilo que se sentía en el pecho, como una sombra que acompaña sin preguntar. Pero también liberó.
Comprendieron que no todo lo perdido se puede recuperar, y que está bien.
Que a veces, la paz viene de soltar lo que nunca fue nuestro, incluso cuando duele.