A pesar de todo, descubrieron que aún había futuro.
No uno perfecto, sino uno más amable, más lento, más consciente.
Entendieron que nunca es tarde para empezar a vivir con la suavidad que antes les faltó.
Que aún podían reír sin culpa, amar sin miedo, existir sin la constante exigencia de ser fuertes todo el tiempo.
El mañana no borraba el pasado, pero podía ser un espacio donde el dolor conviviera con la esperanza, donde la herida se convirtiera en memoria y no en condena.