Honrar la infancia no fue llorarla eternamente, sino vivir de forma distinta.
Con más escucha, más cuidado, menos dureza.
Cada gesto amable consigo mismos era un homenaje al niño que alguna vez fueron.
Llevaron consigo al niño perdido, no como una herida abierta, sino como raíz, como semilla de ternura y memoria que los conectaba con lo que aún podía ser.
Honrar la infancia fue permitir que su historia doliera y sanara al mismo tiempo.