Lucía y Mateo nunca recuperaron su niñez.
No hubo forma de volver atrás ni de rehacer los años perdidos.
Pero aprendieron algo más profundo: que madurar rápido no los hizo invencibles, pero sí conscientes.
Y en esa conciencia encontraron una paz distinta, construida con ternura, memoria y compasión.
La infancia se fue temprano, sí.
Pero el amor hacia lo que fueron los acompañará siempre, como un susurro silencioso que les recuerda que, aunque el tiempo les robó risas y juegos, nadie podía quitarles su historia, ni su capacidad de sentir, ni su fuerza para seguir viviendo.