Cuando la Luna no Mira

Capitulo 1

El ruido de más de cuarenta adolescentes encerrados en un salón pequeño era suficiente para volver loco a cualquiera. Después de ocho horas de clases, solo esperaba escuchar el timbre que anunciara el comienzo de las vacaciones.

Aunque, siendo sincera, aquello era mucho más que unas simples vacaciones.

Era el último día.

El último día en el que todos estábamos juntos.

A partir de la mañana siguiente cada uno empezaría un camino distinto. Algunos ya tenían universidades elegidas; otros buscarían trabajo, viajarían o simplemente intentarían descubrir qué querían hacer con sus vidas.

Mientras tanto, el aula parecía una cancha en pleno clásico.

Gritos.

Risas.

Promesas de volver a verse.

Planes imposibles de cumplir.

Todos hablaban al mismo tiempo.

La profesora Scots ya había pedido silencio cinco veces. La ignoraron con la misma facilidad las cinco.

—¡Lia! —gritó Gretel desde la otra punta del salón mientras agitaba un brazo como si estuviera a kilómetros de distancia—. ¿Cuándo volvés? ¡Así hacemos algo!

Sonreí antes de responder.

—Oh, mi estimada morocha... —dije exagerando cada palabra como si estuviera recitando una obra de teatro—. La verdad... no lo sé. Capaz me tome unos días... o unos meses.

Las carcajadas no tardaron en aparecer.

—¡Pero, Vi! —protestó Laura—. Son vacaciones. También tenés que vivirlas antes de encerrarte a estudiar como si el mundo se fuera a terminar.

Otra ronda de risas.

No era un secreto para nadie que quería estudiar Historia o cualquier carrera relacionada. Desde chica me fascinaba descubrir cómo personas que jamás conocería habían cambiado el destino de otras miles.

—Lo sé, lo sé... —respondí levantando las manos en señal de rendición—. Pero sé que me van a extrañar.

—Ni lo dudes.

Podía decir con total seguridad que había tenido suerte.

No era la chica más popular del curso ni la más extrovertida. Nunca fui de llamar la atención ni de meterme en problemas. Prefería observar antes que hablar y evitaba los conflictos siempre que podía.

Aun así, me llevaba bien con todos.

Y eso, en un curso de cuarenta adolescentes, era casi un milagro.

Entonces sonó.

El timbre.

Un sonido tan esperado que durante unos segundos fue capaz de imponerse sobre todo el caos del aula.

Había terminado una etapa.

Una linda.

Una agotadora.

Una que, sin saberlo, iba a extrañar mucho antes de lo que imaginaba.

Mientras salíamos entre empujones y despedidas improvisadas, alguien se cruzó en mi camino.

—Hola, Lia.

John.

Era lindo, no iba a negarlo. Alto, de ojos claros y con esa sonrisa que parecía perfectamente ensayada.

Sin embargo, había algo en él que nunca terminaba de convencerme.

No sabía decir qué.

Simplemente... algo.

—¿Esta noche vas a la fiesta?

La fiesta de egresados.

La esperábamos desde hacía meses.

Antes de que pudiera responder apareció Laura como un huracán.

—¡Ya tengo todo organizado! —anunció, apoyándose en mi hombro.

La expresión de John cambió apenas un segundo. Lo suficiente para notar que le había molestado perder mi atención.

—Sí, sí voy —respondí mirando a Laura—. Es en la cabaña al lado del lago, ¿no?

—Obvio. A las nueve. Y no llegues tarde porque después no pienso esperarte.

Laura me tomó del brazo y empezó a caminar sin darme tiempo a despedirme. John simplemente decidió seguirnos.

Laura era una de mis mejores amigas.

La otra era Gretel.

Si alguien las veía juntas, probablemente pensaría que eran hermanas. Las dos eran morochas, de pelo rizado y una energía inagotable. Gretel llevaba algunas mechas azules que cambiaban de color cada ciertos meses, según su estado de ánimo, o eso decía ella.

La diferencia más evidente entre ambas era la altura.

Laura era casi veinte centímetros más alta.

Gretel, en cambio, parecía un minion con complejo de demonio.

Y tenía exactamente el carácter para sostener esa descripción.

Mientras caminábamos hacia la salida del colegio, Gretel comenzó a contarnos, por tercera vez en la semana, los problemas con su nuevo novio.

Era la persona más enamoradiza que conocía.

Cada dos meses aparecía con un amor distinto y aseguraba, completamente convencida, que esa vez sí era el definitivo.

Según ella, había nacido para amar.

Y nadie tenía derecho a limitar un corazón tan libre.

Laura era exactamente lo opuesto.

Si Gretel vivía guiándose por impulsos, Laura necesitaba controlar absolutamente todo.

No exagero.

Tenía una planilla pegada en la puerta del ropero con horarios para estudiar, limpiar, entrenar... incluso para bañarse.

Nunca supe si realmente seguía ese cronograma, pero el simple hecho de existir ya justificaba que la llamáramos "la maniática".

Ella fingía ofenderse.

Cinco minutos después también se reía.

Seguimos el mismo camino varias cuadras, hasta que llegamos al cruce donde nuestras rutas se separaban.

Nos abrazamos como si no fuéramos a volver a vernos en años.

Cuando, en realidad, dentro de unas horas nos encontraríamos otra vez en la fiesta.

Pero el dramatismo era parte de la tradición.

Me coloqué los auriculares y emprendí el camino a casa.

Todo era exactamente igual que siempre.

Las mismas calles.

Las mismas casas.

Los mismos jardines.

Sin embargo...

Al pasar frente a la casa de los Harrison sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Fue esa sensación incómoda.

Esa certeza irracional de que alguien te observa.

Seguí caminando unos pasos intentando convencerme de que era producto de mi imaginación.

No funcionó.

Me agaché despacio con la excusa de atarme un cordón y aproveché para recorrer la calle con la mirada.

Nada.

Solo el viento moviendo algunas hojas.




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