Entré a mi casa como si el mundo entero viniera persiguiéndome y cerré la puerta de un portazo capaz de despertar a la mismísima Bella Durmiente.
Como era de esperarse, mi madre apareció casi al instante en el pasillo.
Llevaba puesto su inseparable delantal blanco con la frase "La mejor Chef" bordada en letras rojas. Un título bastante discutible.
No me malinterpreten.
Mi mamá cocinaba con muchísimo amor.
El problema era que el amor, aparentemente, no regulaba la temperatura del horno.
Todo terminaba un poco... demasiado dorado.
O negro.
Todavía era un misterio familiar cómo lograba quemar hasta el arroz.
—¿Se puede saber por qué entrás así? —preguntó, sosteniendo un cucharón.
Cualquiera habría visto un utensilio de cocina.
Yo veía un arma blanca con años de experiencia.
—¡Estoy emocionada! ¡Es el último día de clases!
Mentí con una facilidad que hasta a mí me sorprendió.
No pensaba contarle que desde hacía10 minutos tenía la absurda sensación de que alguien me había seguido hasta casa. Bastante tenía con mis propias paranoias como para preocuparla también.
—Lia...
No alcanzó a terminar la frase.
Desde el piso de arriba comenzó a escucharse el llanto inconfundible de Zac.
Mamá cerró los ojos un segundo.
—Lo despertaste.
La acusación fue tan automática que ni siquiera intenté defenderme.
Subió las escaleras casi corriendo mientras yo caminaba directo hacia la cocina, preparada para rescatar lo que fuera que estuviera cocinando.
No podía culparla.
De verdad hacía todo lo posible para que nuestra casa funcionara como un reloj.
Solo que criar a un nene de tres años mientras intentaba cocinar era una batalla perdida desde el principio.
Abrí la puerta de la cocina y una nube de humo me dio la bienvenida.
—Bueno... llegué justo a tiempo.
Una de las milanesas ya había entregado su alma al carbón.
La retiré del sartén con resignación y seguí cocinando las demás mientras ponía las papas en el horno.
Cocinar siempre me había gustado.
Era uno de esos momentos en los que podía apagar la cabeza y simplemente hacer.
Mientras daba vuelta las milanesas, no pude evitar pensar en mi familia.
Durante mucho tiempo creí que iba a ser hija única.
Después pensé que mi papá nunca volvería a sonreír.
Mi mamá biológica murió al darme a luz.
Papá nunca habla demasiado del tema. Cada vez que intento preguntarle, sus ojos cambian de expresión y la conversación termina ahí.
Todo lo que sé lo aprendí gracias a mis abuelos maternos.
Ellos me cuentan historias sobre ella.
Dicen que se reía fuerte.
Que cantaba mientras limpiaba la casa.
Que era incapaz de quedarse quieta.
A veces siento que la conozco por los recuerdos de otros.
Y, aun así, me duele no haber podido conocerla de verdad.
María apareció en nuestras vidas cuando yo tenía cinco años.
Nunca intentó ocupar un lugar que no le pertenecía.
Simplemente... estuvo.
Me enseñó a andar en bicicleta, me ayudó con la tarea, me abrazó cuando lo necesité y me retó cuando hizo falta.
Jamás hizo diferencias entre Zac y yo.
Ni siquiera después de que nació.
Por eso nunca la llamé "madrastra".
Para mí, siempre fue mamá.
Terminé de preparar la comida y empecé a poner la mesa.
Papá recién llegaría cerca de las seis, pero nos gustaba dejar todo listo antes.
Fue entonces cuando sonó el timbre.
Miré el reloj.
Las cuatro de la tarde.
Raro.
Me limpié las manos con un repasador y fui hasta la puerta.
Apenas la abrí me encontré con un espectáculo digno de vender entradas.
La señora Marsh y el señor Harrison estaban discutiendo en medio de la vereda como dos adolescentes.
A unos metros, Jorge Brown —el hijo menor de los vecinos— me miraba al borde del llanto.
—¡Lia! —dijo apenas me vio—. ¿Podés hacer algo?
Suspiré.
Otra tarde normal en el barrio.
—¿Qué está pasando acá?
Los dos ancianos dejaron de gritar para responder al mismo tiempo.
—¡Este sinvergüenza me estaba espiando por la ventana! —acusó la señora Marsh, completamente indignada.
—¡Eso es mentira! —protestó Harrison señalándola con el dedo—. La loca se pasa el día tomando vino al lado de la ventana para mirar la vida de todos.
—¡Porque alguien tiene que vigilar este barrio!
—¡Espiar no es vigilar!
No pude evitar sonreír.
—¿Les parece discutir así delante de un chico?
Señalé a Jorge.
Recién entonces ambos repararon en que el pobre tenía los ojos llenos de lágrimas.
El silencio fue inmediato.
La señora Marsh fue la primera en acercarse.
—Ay, mi cielo... no llores.
—Perdonanos, campeón —agregó Harrison, dándole unas palmadas torpes en el hombro.
Increíble.
Cinco segundos antes querían arrancarse la cabeza y ahora parecían los abuelos más dulces del planeta.
Negué con una sonrisa y me di media vuelta para entrar.
Fue entonces cuando lo sentí.
Una brisa fría recorrió la calle.
No era un viento fuerte.
Era apenas una corriente de aire.
Pero venía acompañada de un perfume extraño.
Amaderado.
Intenso.
Desconocido.
El vello de mis brazos se erizó de inmediato.
Por puro instinto levanté la vista hacia la esquina.
Había un hombre apoyado contra un auto oscuro, justo frente a la casa de los Harrison.
No distinguía bien su rostro desde esa distancia.
Pero sí podía sentir algo.
Me estaba mirando.
No era una impresión.
No era esa sensación incómoda que uno tiene de vez en cuando.
Era una certeza.
Sentía sus ojos clavados en mí.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Bajé la vista, entré a casa y cerré la puerta con más calma de la que realmente sentía.