Cuando la Luna no Mira

Capitulo 3

El timbre sonó una vez.

Dos.

Tres.

Y después quedó presionado sin que nadie lo soltara.

Sonreí sin necesidad de mirar por la ventana.

—Gretel...

Solo ella era capaz de anunciar su llegada como si estuviera allanando una casa.

Terminé de acomodarme frente al espejo y me observé con detenimiento.

No era de las personas que pasaban horas arreglándose, pero por una noche quería verme distinta.

Mi cabello rojo caía hasta la cintura en ondas suaves que, por una vez, habían decidido hacerme caso. Delineé apenas mis ojos para resaltar el violeta natural de mis iris, un poco de rímel, un labial discreto y nada más.

Siempre me pareció raro ser pelirroja y no tener una sola peca.

El vestido negro se ajustaba a mi cuerpo sin resultar exagerado. Terminaba unos centímetros por encima de las rodillas y la tela tenía un brillo sutil que contrastaba con el tono pálido de mi piel.

Me gustaba.

Era elegante.

Y completamente distinto a lo que usaba todos los días.

Normalmente elegía ropa cómoda, buzos enormes y zapatillas. Mostrar demasiado nunca había sido lo mío.

Miré los tacos apoyados junto a la cama.

—¿Quién inventó estas cosas? —murmuré antes de calzármelos.

Di dos pasos.

Tambaleé.

Respiré hondo.

—Bueno... si sobrevivo a la fiesta, sobrevivo a cualquier cosa.

El timbre volvió a sonar.

—¡Lia! —escuché gritar desde abajo—. ¡Si seguís tardando voy a entrar por la ventana!

—¡No se te ocurra! —respondió mamá entre risas.

Bajé las escaleras sosteniéndome del pasamanos.

A mitad de camino noté que el murmullo desaparecía.

Levanté la vista.

Todos me estaban mirando.

Papá tenía esa sonrisa orgullosa que siempre intentaba esconder.

Mamá ya sostenía el celular apuntándome como si fuera una fotógrafa profesional.

Zac me miraba con los ojos enormes.

Gretel tenía la boca abierta.

Y John...

Bueno.

John parecía haberse olvidado de respirar.

—¿Qué? —pregunté riéndome.

Papá fue el primero en reaccionar.

—Estás hermosa, cariño.

El flash del celular me encandiló.

—¡Mamá!

—No protestes. Esta foto va directo al álbum familiar.

—Y al grupo de la familia —agregó papá con una sonrisa maliciosa.

—¡Ni se les ocurra!

Fue demasiado tarde.

Mamá ya estaba escribiendo.

—¿En qué momento creciste tanto? —susurró de repente.

Cuando levanté la vista vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.

Papá pasó un brazo por sus hombros.

—¿Ves? Te dije que ibas a llorar.

—No estoy llorando...

—Ajá...

—Es la emoción.

—Claro.

Los dos terminaron riéndose.

—¡Al fin sos una mujer! —gritó Gretel llevándose una mano al pecho con exageración teatral—. ¡Mi niña dejó el nido!

Le di un golpe suave en el brazo.

—Dramática.

—¿Dramática yo?

—Muchísimo.

Empujó a John hacia adelante.

—Bueno, decile algo.

Él se acomodó la campera, claramente incómodo.

—Eh... estás muy linda.

Lo dijo tan bajito que casi no lo escucho.

Casi.

Porque papá sí lo escuchó.

Y la mirada que le dedicó bastó para que John tragara saliva.

No pude contener la risa.

—Bueno, suficiente espectáculo.

Besé a mamá y a papá en la mejilla.

Después me agaché para hacerle cosquillas a Zac.

—Portate bien mientras no estoy.

—Traeme torta.

—¿Eso es todo lo que querés?

—Y papitas.

—Negociador desde la cuna... —murmuró papá.

Salimos entre saludos y advertencias.

—¡No vuelvan tarde!

—¡No manejen rápido!

—¡Y manden un mensaje cuando lleguen!

—¡Sí, ma! —respondimos los tres al mismo tiempo.

Apenas subimos al auto, Gretel empezó a hablar.

Y ya no volvió a detenerse.

—No entiendo a Tomás.

—Pensé que ahora salías con Bruno —comenté.

—Eso fue hace dos semanas.

—Ah...

—Bueno, resulta que Tomás dice que soy intensa.

Laura soltó una carcajada desde el asiento de atrás.

—¿Dice?

—Sí.

—¿Y no pensaste que quizá tenga razón?

—¡Traidora!

—Gretel, le mandaste treinta y siete mensajes en una hora.

—Treinta y cuatro.

—Los contaste...

—Obviamente.

—No puedo creer que estés defendiendo eso —dijo John sin despegar la vista del camino.

—Vos no opinés porque sos mi primo y deberías apoyarme.

—Yo apoyo la salud mental de Tomás.

No pude evitar reír.

Los siguientes quince minutos transcurrieron exactamente igual.

Gretel hablando.

Laura contradiciéndola.

John intentando poner paz.

Y yo preguntándome si abrir la puerta del auto en una curva sería una salida socialmente aceptable.

Cuando finalmente llegamos, respiré aliviada.

La cabaña estaba preciosa.

Luces cálidas colgaban entre los árboles y se reflejaban sobre el lago como pequeñas estrellas.

Todo estaba perfectamente decorado.

Muy Laura.

Ella misma se había autoproclamado presidenta de la promoción apenas comenzó el último año y, sorprendentemente, nadie se había opuesto.

Había organizado absolutamente todo.

Y el resultado era increíble.

—¿Vieron? —dijo apareciendo de la nada—. Les dije que iba a quedar hermoso.

—Admito que sí —respondí.

—¿Solo hermoso?

—Hermosísimo.

Sonrió satisfecha.

—Ahora sí.

John rodeó el auto y me ofreció la mano.

—Con esos tacos vas a romperte una pierna.

—Gracias por la confianza.

—No es falta de confianza. Es física.

Acepté su ayuda y subí los escalones de la entrada.

Fue entonces cuando volvió.

Esa sensación.

La misma de la tarde.

Como si unos ojos estuvieran clavados sobre mí.

El cuerpo se me tensó por reflejo.

Giré apenas la cabeza.

A unos metros, estacionado sobre la calle, estaba el mismo auto oscuro que había visto frente a la casa de los Harrison.




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