El aire frío de la madrugada me recibió apenas crucé el portón de la cabaña.
La música quedó atrás casi de inmediato, reemplazada por el sonido de los grillos y el murmullo constante del lago.
Me acomodé la campera sobre los hombros.
—Quince minutos... —murmuré para mí misma—. No pasa nada.
Mentira.
No habían pasado ni treinta segundos y ya estaba mirando hacia atrás.
Otra vez.
Y otra.
Suspiré.
—Estás paranoica, Lia.
Las luces amarillas de las farolas apenas alcanzaban a iluminar la calle.
Entre una y otra se formaban manchas oscuras donde cualquier cosa podía esconderse.
"Gracias, cerebro."
Seguí caminando.
Escuchaba mis propios pasos.
Tac.
Tac.
Tac.
Hasta que otro sonido se mezcló con los míos.
Tac.
Tac.
Tac.
Me detuve.
Silencio.
Esperé unos segundos.
Nada.
Me reí sola.
—Felicitaciones.
Ya te asustaste con tus propios tacos.
Retomé el camino.
Esta vez un poco más rápido.
El viento comenzó a mover las ramas de los árboles.
Las hojas chocaban entre sí produciendo un murmullo constante.
Cada sombra parecía moverse.
Cada poste parecía una persona.
Cada arbusto parecía esconder algo.
—No vuelvo a ver películas de terror...
Seguí caminando.
Apenas doblé la esquina vi una silueta.
El corazón me dio un vuelco.
Era alta.
Inmóvil.
Estaba justo debajo de un árbol.
Retrocedí un paso.
La silueta también.
Un jadeo escapó de mis labios.
Hasta que entendí.
Mi sombra.
La luz del poste se había movido con el viento.
Me apoyé una mano en el pecho.
—Sos un desastre...
Una risa grave sonó detrás de mí.
No un segundo después.
En el mismo instante.
Mi cuerpo entero se tensó.
Giré tan rápido que casi pierdo el equilibrio.
No había nadie.
Fruncí el ceño.
Había escuchado una risa.
Estaba completamente segura.
Entonces...
Desde el otro lado de la calle, una figura abandonó lentamente las sombras.
No caminó.
Parecía deslizarse.
La luz de la farola alcanzó primero unas botas negras.
Después un pantalón oscuro.
Los tatuajes comenzaron a aparecer desde el cuello hasta perderse bajo las mangas de una camisa negra arremangada.
Era alto.
Mucho más de lo que recordaba.
Los hombros anchos parecían ocupar media vereda.
Pero fueron sus ojos los que me dejaron inmóvil.
Brillaban.
No era un reflejo.
No era la luz.
Brillaban con un azul imposible.
Un azul tan intenso que parecía tener luz propia.
El tiempo pareció detenerse.
—¿Ahora sí pensás hablar conmigo?
preguntó con una media sonrisa.
No respondí.
Ni siquiera estaba segura de seguir respirando.
Parpadeé.
Cuando volví a abrir los ojos, el brillo había desaparecido.
Solo quedaban unos ojos azules.
Normales.
¿Lo había imaginado?
—¿Estás bien?
Su voz cambió por completo.
Había preocupación.
Real.
Miró alrededor de la calle.
Después volvió a mirarme.
—¿Por qué estás sola?
—¿Y vos?
No respondió enseguida.
—Buena pregunta.
Crucé los brazos.
—¿Me estabas siguiendo?
—No.
—¿Entonces?
Respiró hondo.
—Digamos que... tuve un presentimiento.
No pude evitar reír.
—¿Un presentimiento?
—Sí.
—¿Y siempre acertás?
La comisura de sus labios se levantó apenas.
—Casi siempre.
—Qué humilde.
Por primera vez sonrió de verdad.
Y fue extraño.
Toda esa presencia intimidante desapareció durante un instante.
Parecía...
Más joven.
Más humano.
—¿Puedo acompañarte?
Negué con la cabeza.
—No hace falta.
—Lo sé.
Pero igual quiero hacerlo.
Lo miré unos segundos.
Seguía sin conocerlo.
Seguía siendo un misterio.
Y, aun así...
La idea de caminar sola ya no me parecía tan buena.
—Solo hasta mi casa.
Él asintió.
—Solo hasta tu casa.
Comenzamos a caminar.
Durante varios metros ninguno habló.
Era un silencio curioso.
No incómodo.
Simplemente tranquilo.
Fue Ethan quien lo rompió.
—¿Siempre pensás tanto?
Lo miré.
—¿Cómo sabés que estaba pensando?
—Porque fruncís apenas el entrecejo.
Y mordés el lado izquierdo del labio.
Abrí mucho los ojos.
—¿Me estuviste observando?
—Ahora mismo.
No toda la noche.
Resoplé.
—Qué alivio.
Él soltó una risa baja.
—¿Siempre hacés chistes cuando estás nerviosa?
—¿Tan evidente soy?
—Muchísimo.
—Genial.
Mi dignidad acaba de morir.
—No.
Tu dignidad sobrevivió.
Lo que murió fue tu intento de parecer tranquila.
Le di un pequeño empujón con el hombro.
Él ni siquiera se movió.
Parecía una pared.
—Sos insoportable.
—Eso me dicen seguido.
Seguimos caminando.
Después de unos segundos Ethan habló otra vez.
—¿Qué querés hacer con tu vida?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—¿Así de la nada?
—Las mejores respuestas salen cuando uno no las prepara.
Sonreí.
—Quiero estudiar Historia.
—Lo sé.
Me detuve.
—¿Cómo que lo sabés?
Ethan también frenó.
Durante un segundo pareció darse cuenta de que había hablado de más.
—Lo mencionaste en la fiesta.
Mentía.
Yo no había hablado de eso con él.
Pero, por alguna razón...
Decidí dejarlo pasar.
—¿Y vos?
pregunté.
Él levantó la vista hacia el cielo.
La luna comenzaba a esconderse detrás de unas nubes.
—Yo solo quiero que alguien llegue vivo a mañana.
No entendí la respuesta.
Pero el tono con el que la dijo hizo que un escalofrío recorriera mi espalda.