Hay algo mágico en las mañanas de lluvia.
Tal vez sea el sonido constante de las gotas golpeando el techo de chapa de la galería, o el aroma a tierra mojada que se cuela por la ventana apenas entreabierta. Quizá sea la excusa perfecta para quedarse un rato más en la cama.
Lástima que mi tren no opinaba lo mismo.
—¡Lía! ¡El desayuno está listo! —escuché la voz de mamá desde la cocina.
—¡Ya bajo!
Le di un último vistazo a la habitación para asegurarme de no olvidar nada. La valija descansaba junto a la puerta desde la noche anterior, cerrada después de haber sido abierta unas diez veces para comprobar que no faltara absolutamente nada.
Tomé aire y bajé las escaleras.
La cocina era el lugar más cálido de toda la casa.
La lluvia golpeaba los ventanales mientras una pava silbaba sobre la hornalla. En la mesa había una fuente con tostadas doradas, medialunas tibias, frutas cortadas y un budín de limón que desprendía un perfume irresistible.
Mamá podía arruinar un guiso, quemar unos fideos o dejar un pollo más seco que una piedra...
Pero los desayunos...
Los desayunos eran territorio sagrado.
—No me mires así —dijo al descubrirme sonriendo—. Ya sé lo que estás pensando.
—Que si desayunáramos esto todas las noches serías la mejor cocinera del mundo.
Papá soltó una carcajada detrás del diario.
—Tiene un punto.
—¡Muy graciosos los dos! Después ninguno se queje cuando haga lasaña.
—Eso jamás pasó —respondió papá levantando una ceja.
—Porque aprendimos la lección.
No pude contener la risa.
En ese momento, dos pequeñas manos se aferraron a mi pierna.
—¿Lía...? —dijo Zac mirándome con esos enormes ojos color miel.
Me agaché hasta quedar a su altura.
—¿Qué pasa, enano?
Frunció el ceño, como si estuviera pensando una pregunta muy importante.
—¿Te vas con tu abela?
—Con la abuela y el abuelo.
Asintió muy serio.
—Yo quielo il.
Papá lo levantó en brazos.
—Todavía sos muy chiquito para viajar solo.
—¡No soy chiquito!
—¿Ah, no?
—¡Soy gande!
Nos reímos los tres al mismo tiempo.
Mamá le acomodó un mechón de pelo que caía sobre su frente.
—¿Y quién va a cuidar de nosotros si vos también te vas?
Zac abrió mucho los ojos, sorprendido por semejante responsabilidad.
—¡Yo!
—Entonces tenés una misión muy importante mientras Lía está de vacaciones.
El pequeño infló el pecho con orgullo.
—Voy a cuidal a mamá.
—¿Y a mí? —preguntó papá fingiendo estar ofendido.
Zac lo miró unos segundos antes de responder con total sinceridad.
—Vos sos gande.
La cocina estalló en carcajadas.
Apoyé los codos sobre la mesa y observé a mi familia mientras la lluvia seguía cayendo detrás de los vidrios.
Como todos los veranos desde que tenía memoria, pasaría las vacaciones en la vieja casa de mis abuelos maternos.
Esperaba ese viaje durante todo el año.
Los árboles inmensos, el olor a bosque después de la lluvia, las historias del abuelo frente a la chimenea cuando anochecía, los abrazos interminables de la abuela...
Era mi lugar favorito en el mundo.
Y, sin embargo, cada vez que llegaba el momento de irme sentía el mismo nudo en el pecho.
Porque por más que fueran solo unas semanas...
Despedirme de ellos nunca dejaba de doler un poquito.
La lluvia había aflojado cuando salimos de casa.
Papá cargó mi valija en el baúl del auto mientras yo me acomodaba en el asiento del acompañante. Antes de cerrar la puerta, levanté la vista hacia la ventana de la cocina.
Mamá sostenía a Zac en brazos.
Los dos saludaban con entusiasmo, como si me fuera durante años y no apenas un par de semanas.
Les devolví el saludo con una sonrisa.
El motor cobró vida y, poco a poco, dejamos atrás la casa.
Durante los primeros minutos ninguno dijo una palabra.
La radio sonaba muy bajo, apenas lo suficiente para mezclarse con el golpeteo irregular de las gotas sobre el parabrisas.
Papá siempre manejaba así cuando tenía algo importante en la cabeza.
Con las dos manos firmes sobre el volante.
Mirando al frente.
Pensando demasiado.
—¿Qué pasa? —pregunté finalmente.
Él sonrió de costado.
—¿Tan evidente soy?
—Un poco.
Soltó una risa breve.
—Supongo que sí.
El limpiaparabrisas volvió a barrer el vidrio.
Una.
Dos.
Tres veces.
—Dentro de dos semanas cumplís dieciocho.
Asentí.
—Lo sé. ¿Ya estás sintiendo que envejecés?
—Graciosa.
—Lo heredé de vos.
Él negó con la cabeza, aunque no dejó de sonreír.
Después el silencio regresó.
Pero esta vez era distinto.
Pesaba.
—Hay... —empezó a decir.
Se detuvo.
Respiró hondo.
—Hay cosas que... cambian.
Giré apenas la cabeza para mirarlo.
—¿Cambian?
—Sí.
Otra pausa.
Lo vi apretar un poco más el volante.
—A veces uno cree que conoce toda su vida... hasta que descubre que solo conocía una parte.
Fruncí el ceño.
—No entiendo.
—Lo sé.
Esperé que siguiera.
No lo hizo.
—¿Tiene que ver conmigo?
Tardó varios segundos en responder.
—Sí.
Sentí un cosquilleo recorrerme el estómago.
—¿Es algo malo?
Esta vez me miró por un instante.
Solo un instante.
Y sonrió con una ternura que me desarmó.
—No.
Volvió la vista al camino.
—Al contrario.
—Entonces contámelo.
Sus dedos golpearon suavemente el volante.
Una vez.
Dos veces.
Como si estuviera tomando una decisión.
—Yo...
La palabra quedó suspendida en el aire.
Después negó despacio con la cabeza.
—No.
—¿No?
—No me corresponde a mí.
—¿Cómo que no te corresponde?
—Tus abuelos lo saben explicar mucho mejor que yo.