Cuando la Luna no Mira

Capitulo 7

Apoyé la frente contra el vidrio.

La lluvia había quedado atrás hacía ya varios kilómetros, pero el cielo seguía cubierto por un manto de nubes grises que apenas dejaba pasar la luz. Aun así, reconocería ese paisaje en cualquier parte.

—Llegamos... —murmuré.

—¿Primera vez? —preguntó Clara mientras terminaba de guardar un libro en su mochila.

Negué con la cabeza.

—Al contrario. Vengo todos los veranos desde que era chica.

—Entonces ya sos casi una local.

—No exageres —me reí.

El tren dio el último tirón antes de detenerse por completo.

—Bueno... —Bastian se puso de pie y estiró los brazos sobre la cabeza—. Hogar, dulce hogar.

No pude evitar mirarlo.

—¿Ustedes viven acá de verdad?

—Desde siempre.

—Y no lo cambiaría por ningún otro lugar —dijo Clara con una sonrisa.

Ethan tomó su bolso sin decir una palabra.

Como durante casi todo el viaje.

—Espero que disfrutes tus vacaciones, Lía.

Lo miré.

Había algo en la forma en que pronunciaba mi nombre que seguía pareciéndome extrañamente familiar.

—Gracias.

—Nos vamos a volver a cruzar.

No fue una pregunta.

Ni siquiera sonó como un deseo.

Lo dijo con una tranquilidad absoluta.

Sonreí.

—Es un pueblo chico... supongo que sí.

Por una fracción de segundo, una sombra cruzó por sus ojos.

Tan rápida que desapareció antes de que pudiera entenderla.

El tren se detuvo con un último suspiro.

Durante unos segundos nadie se movió.

Era como si todos esperaran que el mundo volviera a ponerse en marcha antes de bajar.

Apoyé una mano sobre mi valija y sonreí.

Había olvidado cuánto me gustaba este lugar.

No era una estación enorme.

No había cientos de personas corriendo de un lado a otro ni anuncios sonando por altavoces.

Solo un viejo reloj de hierro sobre la entrada, bancos de madera gastados por los años y el sonido de la lluvia cayendo sobre el techo de chapa.

Pero para mí...

Era hogar.

Bajé del tren y el aire frío golpeó mi rostro.

A pesar de ser verano, este lugar siempre parecía tener su propio clima.

El aroma a tierra mojada, a árboles después de la lluvia y a algo que nunca había podido explicar.

Algo antiguo.

Algo que parecía quedarse pegado en la piel.

—Lía.

La voz hizo que mi corazón diera un pequeño salto.

Me giré.

Y ahí estaban.

Margaret y William Lanford.

Mi abuela tenía esa sonrisa que hacía que cualquier distancia pareciera demasiado larga.

No importaba si habían pasado semanas o meses.

Siempre me recibía como si hubiera regresado de una guerra.

—Abuela.

Solté la valija y corrí hacia ella.

Sus brazos me rodearon con fuerza.

El mismo abrazo.

El mismo perfume a lavanda.

La misma sensación de estar exactamente donde debía estar.

—Mirá cuánto creciste.

—Abuela, me decís eso todos los años.

—Porque todos los años es verdad.

Escuché una risa detrás de nosotras.

—Eso es porque ella todavía piensa que todos seguimos teniendo diez años.

Me separé para mirar a mi abuelo.

William Lanford seguía igual.

O eso creía.

Alto, de espalda firme, con algunas canas más que el verano anterior y esa mirada tranquila que parecía ver mucho más de lo que decía.

Me abrazó sin palabras.

Siempre había sido así.

Mi abuelo nunca necesitó demasiadas.

—Te extrañamos.

Fue lo único que dijo.

Pero viniendo de él...

Era suficiente.

—Yo también.

Por un momento olvidé la estación.

El viaje.

La ciudad.

Todo.

Solo éramos nosotros.

Como todos los veranos.

Como siempre.

—Bueno...

Una voz desconocida apareció detrás de mí.

—Creo que alguien debería explicarme por qué nadie me avisó que la famosa Lía iba a ser recibida con abrazos y yo sigo teniendo que cargar mis propias cosas.

Me giré.

Y lo vi.

Un chico de cabello castaño claro completamente despeinado, como si hubiera peleado contra el viento y el viento hubiera ganado.

Tenía pecas sobre la nariz y una sonrisa imposible de ignorar.

Antes de que pudiera decir algo...

Me abrazó.

Así.

Sin advertencia.

Parpadeé, sorprendida.

Él se apartó enseguida.

—Bien.

Pausa.

—Ahora que hice eso, probablemente debería presentarme antes de que pienses que soy un extraño demasiado cariñoso.

No pude evitar reír.

—Un poco tarde.

Se llevó una mano al pecho, fingiendo estar ofendido.

—Doloroso, pero justo.

Mi abuela negó con la cabeza.

—Bruno.

—¿Qué?

—La gente normalmente se presenta antes de abrazar.

—Pero yo quería hacerlo al revés. Es más memorable.

Mi abuelo soltó una pequeña risa.

Y eso me sorprendió.

Porque William no reía con facilidad.

—Él es Bruno —dijo Margaret—. Lleva toda la mañana esperando tu llegada.

—¿En serio?

Bruno se encogió de hombros.

—Tu abuela habla mucho de vos.

—Bruno.

—¿Qué? Es verdad.

Mi abuela intentó ocultar una sonrisa.

No lo logró.

Y algo dentro de mí se acomodó.

Porque en menos de cinco minutos había llegado a un lugar donde una mujer me abrazaba como si nunca me hubiera ido, un hombre silencioso me decía que me había extrañado y un chico desconocido actuaba como si nos conociéramos de toda la vida.

Tal vez por eso siempre volvía.

Porque algunos lugares no solo se visitan.

Algunos lugares te recuerdan quién sos.

El tren se detuvo con un último suspiro.

Durante unos segundos nadie se movió.

Era como si todos esperaran que el mundo volviera a ponerse en marcha antes de bajar.

Apoyé una mano sobre mi valija y sonreí.

Había olvidado cuánto me gustaba este lugar.

No era una estación enorme.




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