Cuando la Luna no Mira

Capitulo 8

Ethan

El fuego siempre llegaba primero.

Nunca eran los gritos.

Nunca el olor a humo.

Ni siquiera el dolor.

Siempre era el fuego.

Las llamas nacían de la oscuridad como si alguien las hubiera estado esperando, trepando por las paredes con un hambre imposible de saciar. La madera crujía bajo un calor insoportable y el aire quemaba los pulmones antes de que pudiera respirar.

Corría.

Las ramas desgarraban la piel desnuda de sus piernas, pero no disminuía la velocidad. Los pies golpeaban la tierra mojada del bosque una y otra vez, ignorando las piedras, el barro y los charcos que salpicaban sangre alrededor de sus tobillos.

Más rápido.

Tenía que llegar.

Tenía que llegar.

La lluvia caía con violencia sobre los árboles, apagando apenas las llamas que teñían el cielo de un naranja enfermizo.

Podía verlo desde lejos.

Su hogar.

O lo que quedaba de él.

—¡Mamá!

Su voz se perdió entre el rugido del incendio.

Empujó la puerta principal con el hombro.

Una bocanada de calor le golpeó el rostro.

El interior era un infierno.

Las vigas del techo se doblaban bajo el peso del fuego.

Las cortinas ardían.

Los cuadros caían uno tras otro contra el suelo.

Todo olía a humo.

A madera.

Y a sangre.

—¡Papá!

Silencio.

Solo el crepitar de las llamas.

Corrió por el pasillo.

Conocía esa casa mejor que nadie.

Sabía exactamente dónde estaba cada habitación.

Cada escalón.

Cada ventana.

Pero aquella noche nada estaba en su lugar.

La casa parecía haber olvidado quién era.

—¡ETHAN!

La voz lo atravesó como un cuchillo.

Giró.

Su madre.

Estaba arrodillada en mitad del pasillo.

El vestido blanco se había vuelto rojo.

No por el fuego.

Por la sangre.

Sostenía un pequeño cuerpo contra el pecho.

Alana.

El mundo se detuvo.

Su hermanita tenía los ojos cerrados.

Una mano colgaba inmóvil.

El cabello oscuro estaba pegado a la frente.

No respiraba.

No...

No podía...

—Mamá...

Ella levantó la cabeza.

Había lágrimas mezcladas con hollín.

Y algo peor.

Resignación.

—Escuchame.

Él negó una y otra vez.

—No...

—Ethan.

—No.

—Tenés que escucharme.

Quiso acercarse.

Las llamas cayeron entre los dos.

El techo volvió a crujir.

Su madre lo miró con una intensidad que jamás volvió a encontrar en otra persona.

—Prometeme que vas a cuidar de Clara.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

—Mamá...

—Prometemelo.

No quería hacerlo.

Porque prometer significaba aceptar.

Aceptar que ella no iba a salir de ahí.

Aceptar que Alana ya no despertaría.

Aceptar que algo estaba terminando.

—Te lo prometo...

Su madre sonrió.

Una sonrisa diminuta.

Llena de dolor.

Llena de amor.

Y entonces un llanto rompió el silencio.

Clara.

La habitación del fondo.

Corrió.

Empujó la puerta.

Su hermana estaba escondida debajo de una mesa, abrazando con fuerza un conejo de tela.

Tenía apenas cuatro años.

Las mejillas cubiertas de lágrimas.

—E-Ethan...

Se arrodilló.

—Vení conmigo.

—¿Mamá?

No respondió.

La tomó en brazos.

Ella escondió la cara contra su cuello.

—Tengo miedo...

—Lo sé.

—¿Se terminó la tormenta?

La garganta se le cerró.

No era una tormenta.

Ojalá hubiera sido solo una tormenta.

Volvió al pasillo.

Las llamas ya alcanzaban el techo.

El humo hacía imposible respirar.

Entonces lo vio.

Su padre.

Estaba tendido junto a la escalera.

El brazo extendido.

Como si hubiera intentado llegar hasta ellos.

No se movía.

Una enorme mancha oscura cubría su pecho.

Ethan dio un paso.

Después otro.

Pero Clara comenzó a toser desesperadamente.

El techo volvió a estremecerse.

Una viga cayó entre él y el cuerpo de su padre.

El impacto levantó una lluvia de chispas.

No podía cruzar.

No había tiempo.

Apretó con fuerza a Clara contra su pecho.

Y corrió.

Atravesó la puerta principal justo cuando parte del techo se desplomó detrás de ellos.

El aire frío de la lluvia golpeó su rostro.

Respiró con desesperación.

El bosque estaba iluminado por las llamas.

Y entonces...

Lo vio.

A unos metros de distancia.

William Lanford.

Corría hacia los árboles.

Llevaba algo envuelto entre mantas entre los brazos.

Algo pequeño.

Algo que protegía contra su pecho.

—¡WILLIAM!

El hombre no se detuvo.

Ni siquiera giró la cabeza.

Siguió corriendo.

Desapareciendo entre la lluvia.

Entre el humo.

Entre la oscuridad.

—¡WILLIAM!

Un trueno desgarró el cielo.

Y todo desapareció.

Ethan abrió los ojos de golpe.

El aire entró de forma violenta en sus pulmones.

El corazón golpeaba con tanta fuerza contra el pecho que parecía querer romper las costillas.

Permaneció inmóvil.

La habitación estaba completamente a oscuras.

Solo la lluvia golpeando suavemente los ventanales le recordó que ya no tenía doce años.

Otra vez.

Siempre igual.

Dieciocho años.

Y el sueño seguía encontrándolo.

Se incorporó despacio.

Las sábanas estaban empapadas por el sudor.

Apoyó los pies sobre el suelo de madera.

Frío.

Respiró una vez.

Dos.

Tres.

No funcionaba.

Nunca funcionaba.

Porque no era un sueño.

Era un recuerdo.

Uno que volvía con la misma intensidad, como si el tiempo jamás hubiera pasado.

Se levantó.

Antes incluso de alcanzar la puerta, levantó apenas la cabeza.




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