Lia
La casa de mis abuelos tenía una manera extraña de despertarse.
No era como mi casa, donde las mañanas comenzaban con el sonido de mi madre llamando a Zac para que terminara el desayuno antes de llegar tarde, o con mi padre buscando sus llaves mientras aseguraba por tercera vez que alguien las había cambiado de lugar.
La casa Lanford despertaba despacio.
Como si primero necesitara recordar dónde estaba.
El sonido de la lluvia contra los ventanales era lo primero que escuchaba cada mañana.
No una lluvia fuerte.
No una tormenta.
Solo ese murmullo constante que parecía envolver la casa completa, como si el bosque quisiera contar una historia y las gotas fueran su manera de hablar.
Abrí los ojos lentamente.
Por unos segundos olvidé dónde estaba.
El techo de madera sobre mí no era el de mi habitación.
Las paredes tenían ese aroma particular de las casas antiguas: libros, madera húmeda y algo más que no sabía explicar.
Algo que siempre había asociado con mis abuelos.
Hogar.
Sonreí.
Había extrañado ese lugar más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
El bosque se extendía detrás de la casa, cubierto por una fina capa de niebla.
Cuando era pequeña siempre imaginaba que entre esos árboles vivían criaturas que solo salían cuando nadie estaba mirando.
Mi abuelo decía que los bosques tenían memoria.
Yo pensaba que era una de esas frases extrañas que los adultos decían para hacer interesante algo normal.
Ahora, con dieciocho años a punto de llegar...
seguía sin estar segura de que fuera solamente una frase.
Me vestí rápidamente y bajé las escaleras.
No necesitaba preguntar dónde estaban mis abuelos.
La casa Lanford tenía sus propios sonidos.
El reloj antiguo de la sala.
La madera crujiendo.
El agua hirviendo en la cocina.
Y la voz de mi abuela quejándose de algo que, probablemente, mi abuelo había hecho.
—William, ¿cuántas veces tengo que decirte que no dejes las botas en la entrada?
Sonreí antes de entrar.
Mi abuelo estaba sentado a la mesa con una taza de café en la mano.
Tenía el cabello gris y esa expresión tranquila que siempre parecía decir que había vivido más cosas de las que estaba dispuesto a contar.
—Buenos días, abuela.
Margaret se giró inmediatamente.
Y ahí estaba.
La mujer que podía pasar de regañar a mi abuelo a sonreír como si yo siguiera teniendo ocho años.
—Mi niña.
No importaba cuántos años pasaran.
Para ella yo siempre era eso.
Mi niña.
Me acerqué y la abracé.
Ella me sostuvo con fuerza.
—Estás delgada niña
Me separé riendo.
—Abuela, no empieces.
—Pero es verdad.
Mi abuelo negó con la cabeza.
—No discutas con ella. Nunca gana nadie.
—Porque tengo razón —respondió Margaret.
—Ese es exactamente el problema.
La cocina se llenó de risas.
Y por un momento todo fue sencillo.
No había trenes.
No había despedidas.
Solo nosotros.
Una mesa.
Un desayuno.
Y la sensación de estar exactamente donde debía estar.
Para desayunar, Margaret apareció con una bandeja llena de tostadas, frutas y una cantidad exagerada de comida.
—Abuela, somos tres personas.
Ella me miró ofendida.
—Tu abuelo come como si todavía tuviera veinte años.
William levantó la vista.
—Porque todavía podría.
—Claro.
Margaret sonrió.
—Y yo sigo teniendo veinticinco.
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
Mi abuelo abrió la boca.
La cerró.
Y decidió que era mejor no responder.
Me reí.
Me encantaba verlos así.
Porque para mí ellos siempre habían sido eso.
Fue después del segundo café cuando la conversación cambió.
No fue algo brusco.
Fue apenas un movimiento.
Una mirada.
Mi abuela mirando a mi abuelo.
Mi abuelo bajando la taza.
Lo suficiente para que yo lo notara.
—¿Qué pasa?
Ambos me miraron.
—Nada.
Contestaron al mismo tiempo.
Eso fue sospechoso.
—Cuando dos personas responden igual al mismo tiempo, generalmente significa que pasa algo.
Margaret sonrió.
—Siempre fuiste demasiado observadora.
—Lo heredé de alguien.
Mi abuelo sostuvo mi mirada unos segundos.
Había algo diferente en sus ojos.
Orgullo.
Y también algo parecido a nostalgia.
—En dos semanas cumplís dieciocho.
Lo dijo como si esa fecha tuviera un peso que yo no entendía.
—Sí.
Sonreí.
—Me lo recuerdan bastante.
Margaret tomó mi mano sobre la mesa.
—Porque es importante.
Incliné la cabeza.
—¿Por qué?
Silencio.
Muy breve.
Pero estuvo ahí.
—Porque hay momentos en la vida donde uno deja de ser quien era para descubrir quién puede llegar a ser.
Fruncí el ceño.
—Eso sonó muy de abuela sabia.
Ella sonrió.
—Tal vez porque soy una abuela sabia.
Mi abuelo soltó una pequeña risa.
Pero no parecía completamente tranquilo.
Y no entendí por qué.
Todavía no.
Después de aquella conversación intenté convencerme de que no significaba nada.
Era lo que hacía siempre.
Buscar una explicación sencilla antes de aceptar que algo podía ser más complicado.
Mi cumpleaños número dieciocho se acercaba.
Eso era todo.
No era extraño que mis abuelos estuvieran emocionados.
No era extraño que Margaret se pusiera sentimental. No era extraño que William se quedara en silencio más tiempo del necesario, ya que ellos habian perdido a su hija y simplemente me querían.
Y quizás yo estaba buscando misterios donde no los había.
Aunque una pequeña parte de mí... esa parte que terminaba teniendo razón en las películas de suspenso...