El sendero que Bruno eligió para volver era mucho más angosto que el camino principal. A ambos lados crecían pinos tan altos que apenas dejaban pasar la luz del sol, y el aire tenía ese aroma fresco a tierra húmeda que solo existe en los bosques.
—Te juro que es más rápido —dijo caminando unos pasos delante de mí.
—Eso dijiste hace diez minutos.
—Y sigo sosteniéndolo.
Rodé los ojos con una sonrisa.
—¿Siempre sos tan terco?
—No. Solo cuando tengo razón.
—Entonces siempre.
Su risa rompió el silencio del bosque. Era contagiosa, liviana. Con Bruno todo parecía sencillo. No necesitaba pensar demasiado antes de hablar; las conversaciones simplemente fluían.
—¿Sabés? —comentó mientras apartaba una rama para dejarme pasar—. Hace mucho que los abuelos no traían a alguien a vivir con ellos.
—No vine a vivir...
Me interrumpí antes de terminar la frase.
¿Había venido solo por las vacaciones?
Ni siquiera yo estaba segura.
Bruno notó mi duda, pero no insistió.
Seguimos caminando unos metros más hasta que un sonido nos obligó a detenernos.
Un quejido.
Muy bajo.
Casi imperceptible.
—¿Escuchaste eso? —pregunté.
Bruno frunció el ceño.
Otro gemido.
Esta vez más claro.
Los dos desviamos el camino y comenzamos a apartar arbustos hasta encontrar el origen.
Era un perro.
Grande.
De pelaje oscuro, cubierto de barro y hojas secas. Tenía una de sus patas delanteras atrapada entre las raíces de un árbol caído. La piel estaba desgarrada y la sangre había teñido el suelo de un rojo oscuro.
Cuando nos vio, levantó el hocico y mostró los dientes.
Gruñó.
No con rabia.
Con miedo.
—Tranquilo... —murmuró Bruno, levantando las manos—. No queremos hacerte daño.
El animal respondió con un ladrido ronco.
Retrocedió cuanto pudo, aunque el dolor apenas le permitió moverse.
No sé por qué.
Simplemente...
Sentí que debía acercarme.
—Lia, cuidado...
No escuché la advertencia.
Di un paso.
Después otro.
El perro seguía gruñendo, pero sus ojos ya no estaban fijos en mis manos.
Me observaban a mí.
Como si intentara reconocerme.
Me arrodillé despacio frente a él.
—Está bien... —susurré—. Ya pasó.
Ni siquiera sabía por qué decía eso.
Pero las palabras salían solas.
El bosque quedó en silencio.
Un silencio extraño.
Demasiado profundo.
El viento dejó de mover las copas de los árboles.
Ni un solo pájaro cantó.
Solo existíamos nosotros.
Extendí lentamente la mano.
Esperaba que me mordiera.
En cambio...
Apoyó el hocico sobre mi palma.
Su respiración era agitada.
Temblaba.
Con cuidado, llevé la otra mano hasta la herida.
Apenas mis dedos rozaron la piel caliente del animal, un cosquilleo recorrió mi brazo.
Fruncí el ceño.
El calor aumentó.
Subió por mi antebrazo.
Mi pecho.
Mi garganta.
Era una sensación imposible de describir. No quemaba. Tampoco dolía. Era... como si algo dormido dentro de mí acabara de abrir los ojos.
Instintivamente cerré los míos.
Y respiré.
Una corriente tibia escapó de mi mano.
Duró apenas un segundo.
Cuando volví a mirar, el perro ya no gemía.
Su respiración era tranquila.
Retiré la mano de golpe.
La sangre había dejado de brotar.
La profunda abertura seguía allí, pero sus bordes ya no estaban separados. Era como si hubiese comenzado a cicatrizar después de varios días... en apenas unos instantes.
—¿Qué...?
No terminé la frase.
El perro apoyó la pata con cautela.
Luego otra vez.
Después dio dos pasos.
Cojeaba un poco, pero caminaba.
Se acercó a mí.
Ladeó la cabeza.
Y, con una delicadeza que no esperaba, me lamió los dedos.
Sentí un nudo en la garganta.
El animal giró sobre sí mismo y desapareció entre los árboles.
Ninguno de los dos habló durante varios segundos.
—Lia... —la voz de Bruno rompió el silencio—. ¿Vos... viste eso?
Lo miré confundida.
—¿Ver qué?
Parpadeó.
—La herida.
Miré el lugar donde el perro había estado.
Solo quedaban algunas gotas de sangre sobre las hojas.
—Capaz no era tan grave como parecía.
Ni yo misma me creí esa explicación.
Bruno abrió la boca para responder, pero terminó negando con la cabeza.
—Sí... capaz.
Su tono decía exactamente lo contrario.
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A varios cientos de metros de allí, Ethan caminaba junto a Bastian por el límite del bosque cuando se detuvo de golpe.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
No era miedo.
Era otra cosa.
Su lobo levantó la cabeza dentro de él con una fuerza que no había sentido en años.
Algo...
Había cambiado.
Ethan cerró los ojos un instante.
Inspiró profundamente.
El aire llevaba un aroma diferente.
Tan tenue que cualquier otro lo habría ignorado.
Pero él no.
Miró hacia la espesura.
Exactamente hacia el lugar donde Lia acababa de marcharse.
—¿Qué pasa? —preguntó Bastian.
Ethan tardó unos segundos en responder.
—No lo sé...
Y eso era lo que más lo inquietaba.
Porque por primera vez en mucho tiempo...
Su instinto no encontraba una explicación.
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Bruno me acompañó hasta la entrada de la casa.
—Bueno... misión cumplida. Sobreviviste al recorrido turístico oficial de Moonridge.
Solté una risa.
—¿Ese era el recorrido oficial?
—No. Pero si te mostraba el verdadero, me quedaba sin excusas para volver a invitarte.
Negué con la cabeza, divertida.
—Gracias por hoy.