Cuando la Luna no Mira

Capitulo 12

El alba jamás anunciaba aquella ceremonia.

Era la montaña quien lo hacía.

Cuando el primer rayo de sol rozó la cima, un profundo estruendo recorrió la piedra, como si el corazón del mundo despertara después de un largo sueño. Los árboles inclinaron sus copas. El viento dejó de soplar. Incluso los pájaros abandonaron sus cantos.

La naturaleza guardaba silencio.

Porque aquel no era un día cualquiera.

Era el Día del Fuego.

Cientos de personas vestidas con túnicas color marfil comenzaron a ascender por el sendero sagrado. Ninguno llevaba armas. Ninguno hablaba. Caminaban descalzos, con la cabeza inclinada y las manos abiertas hacia el cielo, como señal de que nada les pertenecía frente a la llama eterna.

En el centro de la procesión avanzaba una joven.

Su rostro permanecía oculto bajo una capucha blanca.

Dieciocho años.

Toda una vida reducida a aquel momento.

Mientras ascendía, los recuerdos aparecían uno tras otro.

Una niña de apenas cinco años intentando levantar una espada demasiado pesada.

—Más alto.

Los brazos le temblaban.

—Otra vez.

La espada volvía a caer.

—¡Otra vez!

Sus manos sangraban.

Su madre no la abrazó.

Jamás lo hacía.

Solo corregía su postura.

Solo exigía más.

Solo repetía las mismas palabras.

—El fuego será tuyo.

A los siete aprendió que llorar era perder tiempo.

A los diez comprendió que el dolor podía ignorarse.

A los trece ya derrotaba a guerreros adultos durante los entrenamientos.

A los quince dejó de preguntar por qué nunca era suficiente.

Porque la respuesta siempre era la misma.

—Existe otra.

Otra.

Una palabra.

Un enemigo invisible.

La hija de su hermano.

La heredera que algún día nacería.

Nunca supo su nombre.

Nunca vio su rostro.

Pero aprendió a odiarla mucho antes de conocerla.

Su madre se encargó de ello.

—Si ella vive...

todo por lo que luchaste desaparecerá.

Si ella nace...

el fuego jamás será completamente tuyo.

Aquellas palabras fueron creciendo dentro de ella como raíces.

Ya no entrenaba por honor.

Ni por servir.

Entrenaba para vencer.

Para reclamar aquello que le habían prometido desde que abrió los ojos por primera vez.

Los enormes portones de piedra comenzaron a abrirse.

Un aire cálido escapó desde el interior de la montaña.

Todos los presentes se arrodillaron.

Ella no.

Era su día.

Descendió lentamente por la escalinata tallada en roca negra.

Runas antiguas comenzaron a iluminarse bajo cada uno de sus pasos.

Los ancianos del Consejo observaban en silencio.

Su madre sonreía.

Su padre mantenía la cabeza en alto.

La caverna se abrió frente a ella.

Y allí estaba.

Suspendida en el centro de un inmenso círculo de piedra blanca.

Una esfera de fuego del tamaño de una casa.

No consumía.

No destruía.

Respiraba.

Cada llama giraba lentamente alrededor del núcleo, como si miles de voces antiguas susurraran al mismo tiempo.

El fuego la estaba esperando.

Su corazón golpeó con fuerza.

Lo había conseguido.

Después de años de entrenamiento.

Después del dolor.

Después de cada sacrificio.

Todo había valido la pena.

Entonces levantó la vista.

Y el tiempo se detuvo.

Su hermano permanecía inmóvil junto a la entrada.

Los ojos completamente rojos.

El rostro cubierto de lágrimas.

Las manos...

manchadas de sangre.

No hacía falta preguntar.

Ella entendió.

Había cumplido la última prueba.

La mujer había muerto.

El linaje había terminado.

La heredera jamás nacería.

Una lenta sonrisa apareció en sus labios.

Por fin...

El fuego sería únicamente suyo.

Extendió la mano.

La inmensa esfera comenzó a moverse.

Las llamas giraron más rápido.

El calor inundó la caverna.

Los ancianos sonrieron.

Su madre cerró los ojos, orgullosa.

Su padre respiró aliviado.

La punta de sus dedos rozó la llama.

Y...

el mundo quedó en silencio.

No hubo explosión.

No hubo gritos.

No hubo rechazo.

Simplemente...

la luz desapareció.

La inmensa esfera se apagó lentamente.

Como si exhalara su último aliento.

La oscuridad envolvió la montaña.

El calor desapareció.

Las runas dejaron de brillar.

Nadie respiraba.

Nadie entendía.

—¿Qué...?

Su voz apenas fue un susurro.

Entonces...

una voz llenó la caverna.

No era masculina.

No era femenina.

Era antigua.

Tan antigua que parecía haber existido antes del primer amanecer.

No provenía de ningún lugar.

Y, al mismo tiempo, provenía de todos.

—El fuego no pertenece a quienes olvidan cuidar.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de la joven.

La voz continuó.

—Durante dieciocho inviernos te recordé quién debías ser.

Las brasas agonizantes brillaron apenas una última vez.

—Cada llama fue una oportunidad.

Silencio.

—Cada advertencia... fue una súplica.

Su respiración comenzó a quebrarse.

Negó con la cabeza.

—No...

La voz no se detuvo.

—Pero elegiste el miedo antes que el amor. El poder antes que la vida. La muerte antes que el legado.

Las últimas brasas desaparecieron.

Y entonces llegaron las palabras que partirían su alma.

—Tú me olvidaste primero...

La joven cayó de rodillas.

Sus manos buscaron desesperadas el calor que ya no existía.

Nada.

Solo piedra fría.

La voz pronunció la sentencia final.

—Ahora... es momento de que yo haga lo mismo.

La oscuridad fue absoluta.

Levantó la cabeza.

Su hermano ya se marchaba.




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