Hay días en los que despertar se siente como una pequeña derrota. No porque algo terrible haya ocurrido, sino porque abrir los ojos significa que sigues aquí, respirando, cargando contigo todo aquello que no has sido capaz de olvidar.
A veces pienso que la vida es demasiado cuadrada. No en el sentido aburrido que la gente suele usar para describirla, sino de una forma más literal. Todo parece tener bordes imperceptibles: lo que se supone que debes ser, lo que deberías sentir, la manera correcta de atravesar cada etapa. Creces, estudias, eliges un camino, sonríes cuando corresponde y aprendes a fingir que entiendes las reglas, aunque nadie se haya tomado la molestia de explicarlas.
Lo curioso es que la mayoría de las personas parece moverse dentro de ese molde sin cuestionarlo demasiado. Yo no he tenido esa suerte. Desde hace tiempo tengo la incómoda sensación de que estoy empujando contra algo que no logro ver, como si existieran líneas que delimitan el mundo y todos hubieran aceptado caminar dentro de ellas… menos yo.
Hoy fue uno de esos días.
Desperté antes de que amaneciera, con la misma sensación que me visita desde hace años, una presión constante en el pecho que intenté ignorarla, como hago siempre, aunque sin éxito alguno.
Conté los segundos, escuché el ruido lejano de algún automóvil pasando por la avenida y me quedé mirando el techo esperando que el cansancio me devolviera al sueño.
No ocurrió.
Cuando la casa está en demasiado silencio, los pensamientos empiezan a hablar más fuerte de lo que uno quisiera.
Hay recuerdos que regresan sin pedir permiso y errores que uno preferiría borrar.
Cosas que, si el mundo supiera, cambiarían para siempre la forma en que te miran.
Me levanté antes de que mi madre despertara. No quería cruzarme con ella esa mañana; y no es porque no la ame, sino porque a veces sostener su mirada me resulta insoportable. Ella me observa con un cariño que solo tienen las madres, con confianza ciega que supone que su hijo es una buena persona.
Y yo no siempre estoy seguro de merecerlo.
Salí de la casa sin desayunar. El aire de la madrugada tenía ese frío característico que te despeja la cabeza de golpe. Caminé sin rumbo fijo, con las manos hundidas en los bolsillos, dejando que la ciudad todavía dormida hiciera lo único que sabe hacer bien: ignorarme.
A veces creo que eso es lo que más me gusta de las calles vacías.
Nadie pregunta nada.
Nadie espera nada.
Así puedo fingir por unos minutos, aunque sea que el peso que cargo dentro del pecho no existe.
Seguí caminando hasta llegar a un pequeño parque que apenas recibe visitantes a esas horas. Me senté en una banca húmeda y apoyé los codos sobre las rodillas. No sé cuánto tiempo me quedé así, mirando el suelo, tratando de ordenar una cabeza que hace años dejó de obedecerme.
Fue entonces cuando escuché una voz detrás de mí.
Una voz demasiado tranquila para alguien que aparece en un lugar vacío a esa hora.
—Es curioso —dijo—. Los humanos siempre vienen a sitios como este cuando están a punto de romperse.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Porque estaba seguro de que cuando me senté en esa banca no había nadie más allí…
Me giré de inmediato el parque seguía casi vacío, apenas iluminado por una farola que lucía muy desgastada y a unos metros de mí, recostada contra el respaldo de la banca, había una chica.
No supe cuánto tiempo llevaba allí porque no la escuché llegar. no escuché pasos, no nada.
Simplemente estaba sentada ahí despreocupadamente.
La miré con desconfianza.
—¿Desde cuándo estás ahí? —La chica inclinó ligeramente la cabeza, estudiándome con calma.
—Desde antes de que empezaras a pensar en huir. —Fruncí el ceño.
—No estoy huyendo. —Ella dejó escapar una pequeña risa que no parecía burlesca.
—Claro que sí.
No respondió con arrogancia si no como si estuviera señalando algo tan evidente que ni siquiera valía la pena discutir.
Me quedé mirándola unos segundos más.
No parecía mayor que yo. Su expresión era demasiado tranquila para alguien que aparece en un parque solitario antes del amanecer y decide entablar conversación con un desconocido.
—¿Te conozco? —pregunté.
—Todavía no.
Esa respuesta me incomodó más de lo que esperaba.
Aparté la mirada hacia el suelo, intentando decidir si lo más sensato era levantarme e irme. Tal vez era solo una chica rara, alguien que tampoco podía dormir y había decidido pasar la madrugada en ese lugar.
Pero algo no encajaba.
Había una manera muy particular en la que me observaba, como si no estuviera intentando conocerme sino recordarme.
—Escucha —dije finalmente—. No estoy de humor para hablar con nadie.
Me puse de pie.
La chica ni siquiera se movió.
—Eso no es del todo cierto, Theo. —El hecho de que se supiera mi nombre me dejó absolutamente desconcertado.
Sentí cómo el cuerpo se me tensaba.
Volví a mirarla. —Yo no te dije mi nombre.
Ella apoyó un brazo sobre el respaldo de la banca con tranquilidad.
—No hacía falta.
Hubo un silencio breve.
—¿Quién eres? —pregunté.
La chica me sostuvo la mirada durante unos segundos.
Luego se levantó de la banca.
No era más alta que yo, pero había algo en su forma de moverse que resultaba difícil de explicar.
Se detuvo a mi lado.
Tan cerca que pude escuchar su respiración tranquila.
—Puedes llamarme Dubraska.
Después empezó a caminar hacia la salida del parque.
—Oye —dije, todavía confundido—. Espera.
Ella no se detuvo.
—Nos volveremos a ver, Theo Keller —añadió sin girarse—. Aún tienes muchas preguntas que hacer.
Quise seguirla.
Pero cuando llegué al sendero por donde había desaparecido ya no estaba.
El parque volvía a estar vacío y sentí miedo porque parecía que esa chica sabía demasiado sobre mí incluso más que yo mismo y lo que me abrumaba en demasía era darme cuenta de que yo no sabía absolutamente nada sobre ella.
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Editado: 13.03.2026