No volví a dormir después de lo que pasó en el parque.
Lo intenté, de verdad lo intenté. Me recosté mirando el techo de mi habitación mientras el cielo comenzaba a aclararse detrás de la ventana, esperando que el cansancio me venciera de una vez. Pero cada vez que cerraba los ojos, la misma escena regresaba a mi mente.
La banca húmeda.
La voz detrás de mí.
Y esa manera tan tranquila con la que dijo mi nombre.
No era solo el hecho de que supiera quién era lo que me incomodaba sino algo mucho más difícil de explicar debido a la forma en que me miraba, como si no estuviera intentando conocerme, sino comprobar algo que ya sabía.
Me levanté de la cama antes de que sonara la alarma.
La casa todavía estaba en silencio. Desde el pasillo podía oír el leve ruido de la cafetera en la cocina; mi madre siempre se despertaba temprano, incluso los días en que no tenía que hacerlo. Era una costumbre que nunca logró quitarse.
Bajé a saludarla como siempre. Estaba sentada en la mesa con su taza de café.
—Buenos días, ma —dije.
—Buenos días, Theo —respondió con una sonrisa cansada.
Cada vez que la veía así, tan frágil, algo dentro de mí se apretaba. Hace unos años le detectaron diabetes tipo 2. Hay gente que dice que no es tan grave, pero solo entiendes lo difícil que puede ser cuando vives con alguien que la tiene. Al principio ella no lo tomó muy en serio. No sabía bien qué significaba y siguió con su vida normal, comiendo dulces, tomando gaseosa, como si nada hubiera cambiado.
Con el tiempo eso pasó factura. La enfermedad avanzó y terminó desarrollando una neuropatía diabética; sus piernas empezaron a perder sensibilidad poco a poco.
Hubo una vez que casi la pierdo. Su glucosa llegó a 570 y tuvieron que hospitalizarla de urgencia. Desde ese día algo cambió en mí, entonces la cuido como si fuera lo más valioso que tengo.
—¿Ya te vas? —me preguntó cuando me vio tomar las llaves.
—Sí, vuelvo luego —le dije.
Mientras caminaba hacia la universidad, intenté convencerme de que lo de la madrugada no había sido tan extraño como mi cabeza insistía en hacerlo parecer.
Probablemente solo fue una coincidencia.
Una chica rara en un parque solitario.
Nada más.
La gente extraña existe. Eso no significa que haya algo sobrenatural en ello.
Repetí esa idea varias veces en mi cabeza, como si decirla suficientes veces fuera a convertirla en verdad.
No funcionó.
Porque cada vez que recordaba su voz, volvía a aparecer la misma pregunta incómoda.
¿Cómo sabía mi nombre?
El campus estaba más lleno de lo habitual cuando llegué. Estudiantes caminando de un lado a otro, conversaciones mezclándose en el aire, mochilas golpeando contra las espaldas mientras todos parecían tener algún lugar urgente al que ir.
Me gusta observar a las personas en lugares así y no porque me interese demasiado lo que hacen, sino porque hay algo curioso en la manera en que cada uno parece llevar su propia historia encima sin que los demás lo noten. Todos cargan algo, aunque nadie lo diga en voz alta.
Me senté en una de las bancas cerca de la entrada principal mientras esperaba que empezara la primera clase.
Saqué el teléfono del bolsillo más por costumbre que por interés.
Y fue entonces cuando la vi.
Estaba al otro lado del patio.
Apoyada contra una baranda metálica, mirando hacia el mismo lugar donde yo estaba sentado.
No estaba hablando con nadie.
No estaba usando el teléfono.
Solo estaba ahí.
Observándome.
Sentí cómo algo se tensaba dentro de mi pecho.
Era ella.
La misma chica del parque.
La misma mirada tranquila.
La misma expresión difícil de interpretar.
Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.
Luego sonrió.
No fue una sonrisa grande ni exagerada. Apenas un gesto pequeño, casi imperceptible, como si estuviera confirmando una sospecha que llevaba tiempo guardando.
Entonces inclinó un poco la cabeza, igual que la madrugada anterior.
Y sin alzar la voz, articuló dos palabras que pude leer claramente desde la distancia.
—Buenos días, Theo.
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Editado: 13.03.2026